Por: Brigitte LG Baptiste

Árboles y más árboles

Desde que los instrumentos legales de compensaciones ecológicas para empresas fueron aprobados hace poco por las autoridades, ha habido una explosión de proyectos de siembra y cuidado de bosques que comienzan a reemplazar las prácticas ineficaces, y a menudo corruptas, de un país que había convertido los árboles en moneda de estafa. Millones de pesos se perdieron en siembras ficticias o, cuando menos, inútiles, ya que una vez comprados los arbolitos (a un cliente electoral) para reforestar (con otros clientes), nadie volvía a ver si estos crecían y sobrevivían.

Hoy las cosas parecen apuntar hacia otro lado y se multiplican las oportunidades para que todo el mundo, sin importar si la razón es el cumplimiento de una norma o la voluntad del verde, pueda sembrar y garantizar el cuidado de uno o mil árboles, con lo cual es indudable que Colombia puede entrar, en un plazo razonable, en una senda de restauración participativa e impactar de manera muy positiva los territorios y ecosistemas degradados. Hay un proyecto de ley, incluso, que propone un “servicio ambiental” para estudiantes, quienes deberían sembrar un mínimo de cinco árboles para completar su secundaria.

Hace años la Cámara de Comercio de Bogotá ofrecía sus “Hojas Verdes”, bonos de compra y cuidado de árboles en memoria de seres fallecidos; hoy la Fundación Natura ofrece no solo sembrar y cuidar, sino construir bosques enteros o proteger aquellos en pie a cambio de un aporte monetario muy sencillo. Y crecen las ofertas. Lo interesante de los modelos de siembra y cuidado compartido, que comienzan a ofrecer en las redes decenas de organizaciones y movimientos, es el potencial de renovar un contrato social urbano-rural en el cual todo el mundo puede participar sin intermediarios, basándose en transacciones de confianza y en el monitoreo compartido de las iniciativas. Miradas en su conjunto, las operaciones reforestadoras asociativas tienen el potencial no solo de capturar varios millones de las toneladas de CO2 que emitimos en Colombia, sino de restablecer hábitats enteros para la biodiversidad y favorecer la recuperación de los servicios ecosistémicos de los que dependemos todos: ¡una de las operaciones socioecológicas más promisorias del siglo!

¿Cumple 40 años y les pidió a sus “amiguis” que le regalaran un bosque? ¿Desea celebrar un nacimiento, una boda, un grado, dar un regalo especial? ¿Cree que debe compensar su huella de carbono y contribuir con la justicia ambiental? Más de 35 millones de colombianos que vivimos en ciudades queremos hacer algo concreto para aportar al cuidado de la naturaleza y no encontramos el medio. Hoy, gracias a la conectividad digital, podemos acordar con asociaciones de productores rurales, pueblos indígenas, neorurales, posconflicto o poshumanos, en cualquier parte del país, una siembra de confianza, ojalá que agrupe a miles de personas y de plantas, que haga reverdecer las esperanzas de una sociedad cada vez más dividida por sus ideas y comportamientos, pero que reconoce que necesita bosques para tener agua, comida y felicidad.

Invito pues a todas las personas, entidades y empresas a asociarse con esta causa, en la que seguro las voluntades de siembra encontrarán tierra y cuidadores con quienes crear una amistad forestal y reconstruir lazos entre personas para ganarle tiempo al clima cambiante y demostrar que sembrar árboles y más árboles es hoy una solución real.

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Árboles y más árboles

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