Por: Arturo Guerrero

Arcaísmos no abolidos

El tiempo de hoy no es el único tiempo. Claro, presente no hay sino uno. Pero el presente no es el hoy. La actualidad es un palimpsesto. Capas y capas de antigüedad se suman hasta componer esa sopa híbrida que llamamos el hoy, el presente.

Mientras más almanaques se vuelven viejos en la edad de una persona, el hoy de esta se hace más indescifrable, más cruzado de vericuetos. Al cabo de varias décadas, ese pasado aparece como una curiosidad desafiante. Un día este apremio se hace insoportable: es urgente retroceder para destapar las pinturas originales del cuadro.

Alumbra entonces otro hallazgo: el presente no se agota en la biografía de un individuo. Antes de su nacimiento nacieron otros y otros y otros. Desde críos hemos oído de estos fantasmas, en alusiones fugaces de padres y abuelos. Rastreamos sus historias en internet, quizás aclaramos sus nombres extravagantes que llegan desde épocas de los Comuneros y la Revolución Francesa.

Se llamaban, Ramona, Solón, Cardenio, Petra, Hermógenes, formas de identificarse que desaparecieron y que ahora no se le ponen a ningún recién nacido, para evitar el matoneo futuro en el colegio. Bautizar Eurípides a un niño, en estos tiempos de James y Maluma, daría para una posterior demanda por violación a los derechos humanos.

Pues de esos apelativos estamos también hechos. Y de asuntos peores. Al llegar a uno de los pueblos o ciudades intermedias de donde salió nuestro lejano yo, nos dice sonriendo el sacristán que custodia los libros manuscritos de bautismo: “su señora abuela fue hija natural, ilegítima”.

Caramba, la santa nona de aspecto teutón, ojos claros, presencia aplastante, fue parida antes de que se casaran los bisabuelos. Poco después estos celebraron nupcias, tuvieron cuatro hijos más, pero esta bendición no borró el pringue de infierno consignado para la eternidad en el libro de 1887.

Tal era el peso del hierro católico en esa era ida, que se cuela sin pedir permiso en nuestra era sin dioses. La entumecida urbe sitiada de montes, donde los antepasados agriaron sus ojos, conserva en alcoholes –léase guarapos y chicha- edificios de manzana entera que todavía le comunican su sustancia: iglesias, conventos, colegios, ancianatos.

En un escaño de parque cabecea un abuelo algo rubio. De súbito alza sus ojos azules, vuelve atrás nuestra vida y se revela la cara pilla del único tío sobreviviente, hoy de 96 años. Eso somos: una versión, que todavía camina, de las andanzas provinciales y provincianas de los antepasados que creemos superar.

Por eso es bueno ir de vez en cuando a rastrear los arcaísmos que suponíamos abolidos por la modernidad. Esas vejeces permanecen rejuvenecidas en nuestras orgullosas juventudes inmortales. Hace quince años una monja venezolana fundó la comunidad de hermanas Trovadoras del Señor. ¿Trovadoras? ¿Cómo los paisas con sus retahílas de trova, trova, compañero? Exacto.

Pasan largamente ataviadas de blanco, pedaleando en bicicletas sagradas y cantando con voces inmaculadas. Dicen ser fundadas para predicar con el arte. ¿Alguien duda de que el pasado esté presente?

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