Por: Mario Fernando Prado
Sirirí

Arde Buenaventura

Qué pena tener que tocar de nuevo el tema de la inseguridad en el principal puerto de Colombia sobre el mar del siglo XXI y ser repetitivo hasta el cansancio, pero es necesario que los colombianos conozcan la amarga realidad que está padeciendo y que, sin la ayuda nacional, es absolutamente imposible llegar a una solución. Recordemos la frase de Manuel Carvajal Sinisterra: “No puede haber empresa sana en una comunidad enferma”.

Por ello es que, antes de botarle más corriente al “puerto imposible” —léase Tribugá—, lo correcto es no dejar que el bello puerto de mar perezca, luego de que el país entero ha usufructuado y se ha beneficiado de su actividad, jamás correspondida y mucho menos justipreciada, a menos ser que exista la canallada perversa de destinar todos los recursos a la nueva apuesta portuaria para sitiar, asfixiar y acabar con Buenaventura, lo cual no sería raro habida cuenta la condición humana.

No exagero al afirmar que la ciudad-puerto está ardiendo, porque estas cifras en cualquier parte pondrían los pelos de punta a las autoridades: según la Gobernación del Valle, los homicidios han aumentado en un 75 %, repito, en un 75 % y, por ejemplo, el robo de vehículos se ha incrementado en más de un 200 %, repito también, en un 200 %.

Al paso que vamos y si esto no se controla, se llegará a escalofriantes cifras cada vez más difíciles de disminuir, porque no habrá autoridad capaz de conjurar tal caos, en el que mucha culpa tiene el desbordado crecimiento de los cultivos de coca y su comercialización al exterior por este puerto y mediante el microtráfico, que ha disparado la violencia, las guerras de pandillas, los ajustes de cuentas y las actividades colaterales que no respetan ni los bienes ajenos y mucho menos las vidas humanas.

La administración departamental ha dispuesto diez unidades de refuerzos, 30 miembros de inteligencia y $60 millones para recompensas, cifras a todas luces insuficientes, porque considerando la magnitud del problema no alcanzarán ni para un balde de agua que pueda apagar este incendio social. Ante esto, insistamos en lo dicho por el ilustre vallecaucano: “No puede haber empresa sana en una comunidad enferma”.

 

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