Por: Reinaldo Spitaletta

Arde Medellín

Uno de los peores legados del gobierno que está a punto de terminar ha sido la inseguridad urbana.

En ciudades como Medellín, históricamente azotada por distintas violencias, la incertidumbre y desazón se han vuelto pan cotidiano entre sus habitantes, debido a la omnipresencia de bandas, a las disputas territoriales y a la redistribución de poder de los nuevos capos de las mafias del narcotráfico.

Medellín, ciudad de altos contrastes, de “metra y metro”, es, de nuevo, centro de la criminalidad. Y mientras algún actor está recitando a Shakespeare en alguno de los teatros de la urbe, en otro espacio pueden estar asesinando a alguien, robándole el celular a una chica, despojando de sus pertenencias a una anciana, en fin. En los barrios suenan violines pero también disparos. Medellín es hoy una ciudad de bonita infraestructura y de miedos permanentes.

A veces da la impresión de que la avalancha de inseguridades quisiera ser disimulada por ferias y bengalas. O, como ocurrió en marzo pasado, por los festones y competencias de los juegos suramericanos. Todavía hay ecos en torno a los gastos (¿despilfarro?) de más de dos mil millones de pesos en las celebraciones del Bicentenario. Y los polvoreros de La Estrella y Caldas todavía no entienden por qué no se los utilizó a ellos para tales efectos, si, según dicen, son tan buenos como los extranjeros que contrataron.

Y si alguien va a barrios como el histórico de La Toma, oirá de sus moradores quejas en torno a cómo para construir allí el Parque Bicentenario, a ellos se les ha humillado de parte de las autoridades. O se les ha intimidado con la presencia de antimotines para no permitirles expresar sus protestas en torno a lo que consideran maltratos de parte de la administración local.

De otra parte, a principios de 2010, se conocieron cifras de espanto. Según Medicina Legal, en 2008 se presentaron en Medellín 1.044 asesinatos mientras al año siguiente hubo 2.178. Los focos de conflicto, ubicados en distintas comunas, se han extendido y las bandas de delincuentes, en general al servicio del paramilitarismo y las mafias, han “evolucionado”. Ahora son como una suerte de ejércitos con armamento pesado, fusiles y subametralladoras.

Además de ser “ley” en sus fracciones territoriales, muchas de esas bandas delictivas acuden, para su financiación, a las vacunas a comerciantes y habitantes. Y quien no pague está en situación de alto riesgo: o lo matan o se tiene que ir del sector. Según un estudio del Observatorio de Derechos Humanos del Instituto Popular de Capacitación, este tipo de delito ha aumentado en Medellín y “las víctimas del mismo deben soportar el asedio de dos y hasta tres grupos armados quienes imponen “vacunas” cuyos montos están poniendo en jaque la economía de las comunidades”.

Hay barrio de Medellín en los cuales las vacunas se las cobran hasta a las empleadas domésticas y a los vendedores de confites. El transporte público, según las mismas denuncias, es uno de los más afectados por las extorsiones. La ciudad es escenario de distintas trifulcas entre grupos armados, y los comerciantes, formales e informales del centro de la ciudad, también son vacunados por las bandas armadas y de “vigilancia”.

La espantosa herencia del Cartel de Medellín se manifiesta rediviva en las nuevas generaciones de grupos criminales. Y como se sabe, en la ciudad las que imponen la paz (una suerte de pax romana, según la hegemonía y los intereses en juego) o la guerra, son las organizaciones de delincuentes, tal como sucedió en los tiempos de “Don Berna”.

Medellín, ciudad de músicos y festivales poéticos, vuelve a estar en crisis. Y no sólo por la explosión de bandas criminales, sino, además, porque desde hace tiempos ha habido actitudes permisivas con clases emergentes y sus métodos non sanctos, con la privatización de la justicia y con modelos mafiosos de gobierno. Medellín suena a veces a serenatas de nostalgia, y en otras a la ordinariez de burdas cabalgatas y a balazos de ranchera.

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