Por: Oscar Guardiola-Rivera

Ardemos

Una amiga me recordó esta semana que muchos habían interpretado el incendio del Museo Antropológico de Río de Janeiro como un signo de lo que vendría: el ascenso del racismo, la xenofobia y la misoginia al poder. La normalización de esa forma de evitar la política, de hacerse elegir sin apelar a la difícil construcción de lo común, sino mediante el recurso a la mediatización de lo espectacular y la fácil destrucción de este o aquel chivo expiatorio. Dicho signo, aquel incendio y este otro de la catedral de Notre Dame, cuestiona la capacidad de las instituciones liberales para hacer frente a la ola reaccionaria que se nos ha venido encima.

Sobre ello advierte el curador Mohammed Salemy: “No tengo lágrimas para Notre Dame. No era un museo, sino un lugar bajo el control y la administración de la Iglesia. No me uniré a los nacionalistas… ni a los conservadores hoy de luto por su pérdida. Por supuesto que no me hace feliz, pero rehúso unirme a los liberales que recién han descubierto el significado de las tecnologías católicas del espacio como si fueran a redimirnos en la época de los algoritmos... Debería preocuparnos a todos el que esta pérdida se convierta en excusa y grito de batalla para los frentenacionalistas durante las elecciones que se avecinan en el Parlamento europeo”.

Aunque diversa, su posición no es incompatible con la de Carolina Sanín, a quien escucho y de quien aprendo cuando dice: “Lo que hoy ha ardido… en París no es simplemente un ‘templo católico’… Días después de que viéramos la foto del agujero negro también leo este incendio como una invitación a volver los ojos hacia el saber de las catedrales (a veces las cosas se destruyen para hacerse más visibles): a recordar que los arquitectos y masones góticos… se acercaron también —no menos que nuestra ciencia empírica, que, entre otras cosas, es un desarrollo de la alquimia y los cálculos medievales— a ver más allá; a imaginar más y más lejos”. Y tiene razón Erna von Der Walde cuando critica la pobreza de nuestras reacciones frente a la tragedia. “No falta quien señale que hay tragedias peores o que esos que lamentan el desastre del momento no se pronunciaron ante uno anterior… No creo que uno pueda sentir dolor por todo o llorar a todas las víctimas, como pretende a veces la obra de Doris Salcedo. Pero creo que todos sabemos dolernos por el dolor ajeno”. Entre estos signos y reflexiones, con todas ellas, quizá podamos construir un edificio y un discurso capaz de combatir el nihilismo y el fuego de esta época.

Combatir la diplomacia que normaliza a mandatarios llegados al poder gracias a mensajes xenófobos, racistas y misóginos. A la prensa que no se atreve a llamar las cosas por su nombre. A esta nueva reacción que si no es fascista por lo menos es un derivado suyo, posliberal pues puede cooptar con facilidad tanto a los “ismos” y las identidades libertarias o poscoloniales al convertirlas en el “hombre de paja” (también la mujer) de sus críticas y opiniones como al populismo que disfraza de 99 % al 1 %. Que se dice humanitaria e ilustrada, pues no tiene problema alguno para decir que lo que hace y lo que dice no lo hace ni lo dice en nombre propio sino en el de la humanidad, occidente y el progreso. Y que lo suyo no es la defensa de la supremacía blanca y el “statu quo” económico, sino tan solo la de un interés entre otros, supuestamente en desventaja frente a las libertades ganadas por mujeres, indígenas, negros y trabajadores mediante sus luchas en las calles, que por supuesto los reaccionarios no reconocen, pues solo ven en ellas un signo de violencia y terror.

 

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