Por: Alfredo Molano Bravo

Arenas del Rionegro

La cuenca Rionegro era a mediados del siglo XIX una selva tupida, húmeda y oscura. Entera.

El país salía de la Colonia y se abría al comercio mundial que demandaba productos “raros y curiosos”, como diría López Pumarejo: añil, zarzaparrilla, tabaco, café. Los ricos comerciantes de Bogotá se interesaron en el negocio de cultivarlos para la exportación y se dieron a descumbrar montes, abrir trochas, hacer almácigos, sembrar; tareas difíciles que desconocían. Más difíciles en cuanto las guerras no los dejaban aprender el oficio, ni a ellos ni a los peones, porque tan pronto sonaba el clarín, unos se convertían en generales y los otros en carne de cañón. Poco a poco, a golpes, hicieron su capital y dejaron en rastrojeras para ganado las hoyas de los muchos afluentes del Magdalena en el occidente de Cundinamarca. Hoy las haciendas conviven con la economía campesina y con las fincas de veraneo donde los bogotanos van a “temperar”, o sea a calentarse, sobre todo en estas épocas de frío y lluvia menuda en la capital y en sus páramos aledaños. Porque al otro lado del Magdalena el sol brilla y en las tardes, desde el camino que lleva de Supatá a Pacho, los farallones que amurallan la sabana de Bogotá aparecen más altivos y resplandecientes. Todo esto para decir que estaba alegre de ir a los toros en Pacho, una corrida a beneficio del ancianato.

El pueblo estaba de fiesta el domingo pasado. Las calles atiborradas de gente. El parque principal lleno de niños comprando bombas, algodones dulces de un inolvidable color solferino, y un cura párroco —inefable figura— soltando su sermón desde el púlpito. Los alrededores de la plaza de toros, Arenas del Rionegro, eran a las tres de la tarde un hervidero: mariachis, fritanga, cerveza, humo y sombreros. No hay feria que se respete en la que no vendan sombreros de paja con pluma al costado. Imposible gozar una fiesta sin estrenar sombrero y sin ir a la plaza a ver los toreros. Pacho es tierra de naranjas y de chanzas pesadas; también criadero de bestias trocheras y de toros bravos. El domingo torearon Pepe Manrique, José Arcila, Sebastián Vargas, Martín Campuzano y Juan Solanilla, un cartel inmejorable. Los toros fueron regalados por ganaderías muy conocidas: Achury Viejo, Ernesto Gutiérrez, Santa Bárbara, El Paraíso y Dosgutiérrez. Cuando la fiesta comenzó, la plaza estaba llena. Todo estaba dado para una gran tarde. Y lo fue. Los toreros le dieron gusto al público acercándose a los novillos y respetando las reglas de la fiesta. La gente sabe de toros. Aplaude cuando se debe aplaudir; se ríe —no se burla— cuando un toro le rompe en el culo la taleguilla a un diestro; brinca con unas banderillas puestas desde el estribo al violín y corea verónicas y naturales, desplantes y aguantes y, sobre todo, hace silencio a la hora de entrar a matar. En los toros las cosas salen del pecho y no de la cabeza. Se sabe porque se siente. ¿Cómo prohibir sentimientos? En las fiestas populares, como la de Pacho, el pueblo, el pueblo raso, vuelve a hablar, puede hablar. Y en el país hay siete plazas de primera, donde no sólo van los ricos de Rosales, sino los pobres de La Perseverancia; 12 plazas de segunda —Ibagué, Duitama, Sogamoso, Florencia, Palmira, Chinácota…— y 65 de tercera —San José de las Palmas, Somondoco, Supía, Tona, Ventaquemada, Soatá, San Juan de Río Seco, Une, Choachí, Purificación, La Plata—: ¡Puro pueblo! Una minoría, es cierto, sobre todo si se compara con la gente que ve televisión y que se come toda la basura anglosajona que le dan, entre otras cosas para amargarle la vida porque muy pocos, esa sí una diminuta minoría, pueden comprar un Maserati MC 12, un apartamento en Bocagrande o ir a ver el Mickey Mouse a Disney World. Nadie sabe para quién trabaja.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo