Por: Danilo Arbilla

Argentina y sus “por qué”

Buenos Aires. Lo vivido en esta ciudad —decir en Argentina es exagerar— era lo previsible. Buenos Aires muestra grietas y realidades contradictorias. Están las zonas tranquilas y silenciosas de la ciudad con restaurantes repletos y gente que trabaja y circula tranquilamente. Una notoria mayoría que no sale a manifestar a las calles ni a “cacerolear”, que está conforme con el gobierno y que, casi por unanimidad, habla en contra de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) y de sus socios y colaboradores, muchos de ellos ya en la cárcel. Y están las concentradas zonas calientes, los campos de batalla, los que muestra y resalta la televisión y se repiten en las redes sociales.

Es que pocas alternativas había y hay para los liderados por la expresidenta, tras la derrota en las elecciones legislativas y frente a los avances de la justicia: una causa tras otra por corrupción sin límites, real y explícita, con muchos, muchos ceros a la derecha. Es la forma que eligieron para actuar y “defenderse”.

La diputada más votada de las últimas elecciones, Elisa “Lilita” Carrió, aliada crítica del gobierno, denunció un (intento de) golpe de Estado. El presidente Mauricio Macri, en conferencia de prensa, afirmó que la “violencia” fue “claramente orquestada y premeditada para que no funcionara el Congreso” y señaló, sin vueltas, que hubo “diputados kirchneristas que incitaban a la violencia”.

Lo cierto es que se procuró repetir una situación de caos y violencia como la que vivió la Argentina a fines del 2001 y que derivó en la caída del presidente Fernando de la Rúa. Continuamente los integrantes de la oposición, en la Cámara de Diputados y en los medios, hacían referencia a aquellos hechos e insistían en que se “estaba viviendo lo mismo que en el 2001”. Desde el oficialismo, y también entre muchos analistas se advertía sobre esa “coordinación” o “convergencia” entre los extensos e insultantes discursos de los representantes kirchneristas dentro del recinto parlamentario “y lo que estaba pasando afuera”.

La causa de los jubilados —la reforma previsional a consideración del Congreso— ayudó a la oposición. En Argentina la tercera parte de la población —más de 15 millones— son jubilados. Esos no entienden los largos razonamientos sobre aumentos reales e inflación. Se asustan, tienen miedo, se alarman cuando se habla de innovar y de seguridades futuras. No quieren que hoy les toquen la jubilación, es todo lo que tienen, es su presente y futuro; su acotado futuro.

Al kirchnerismo le vino como anillo al dedo. Muchos preguntan por qué Macri no esperó un poco, por qué hacerlo cuando las fiestas, por qué no evitó que fuera justo cuando la justicia va por los “fueros” de la flamante senadora CFK. El presidente ha sido calificado de imprudente, ingenuo, inhábil, de “angelito” y hasta de soberbio. Cuando se le preguntó por qué “en este momento”, por qué no esperó, él respondió que “había que hacerlo”. Un funcionario de la Casa Rosada me explicó: no se podía esperar, son muchos los agujeros negros que nos dejó Cristina y este es de los más grandes, en su demagogia e irresponsabilidad de un “saque”, en una especie de “franquicia populista y electoral”, sumó casi cuatro millones de jubilados, todas personas que nunca habían aportado.

La ley salió, la pregunta es si el problema se acabó y la respuesta se acerca más a un no. Esto sigue; el problema no es el de los jubilados ni el de los obreros (hay una reforma laboral en consideración), lo que está en juego es la suerte de muchos kirchneristas, con CFK a la cabeza, que pueden ir a prisión. Harán lo que sea para evitarlo, incluso hacer caer a Macri si es necesario. Así de simple. Un ejemplo: al actual diputado Agustín Rossi, exministro de Defensa del gobierno anterior que ha sido en estos días uno de los más agresivos, insultantes y violentos protagonistas, se le denuncia por recibir sobornos, junto con otros colegas suyos, en desmedro de la calidad de trabajos para la seguridad, mantenimiento, reparación y reacondicionamiento de unidades de la Armada Argentina. Entre esas unidades “víctimas” estaba el submarino ARA San Juan, desaparecido en las profundidades del océano con 44 tripulantes a bordo. Es duro. Decididamente a Rossi no le queda otra que hacer lo que hace para evitar que se investigue lo que hizo y que se haga justicia.

Hay una tendencia en estos días a comparar las elecciones en Chile con los sucesos en Argentina. Nada que ver. Michelle Bachelet, que fue la gran derrotada, cuando entregue el mando a Sebastián Piñera, con quien desayunó, a los besos y abrazos, seguramente volverá a las Naciones Unidas como asesora del secretario general. No es lo que le espera, en cambio, a Cristina Fernández de Kirchner, que no está para besos ni abrazos, sino todo lo contrario, como se está viendo.

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