Por: María Elvira Samper

Arias y la lección del arriero

No recuerdo una carrera en tan rápido ascenso como la del exministro Andrés Felipe Arias que se haya truncado en forma tan veloz.

Con pocas horas de diferencia, la Procuraduría lo inhablitó por 16 años para desempeñar cargos públicos y la fiscal Viviane Morales le imputó cargos por peculado por apropiación a favor de terceros y celebración de contrato sin los requisitos legales, lo llamó delincuente de cuello blanco y lo señaló de haberse aprovechado del programa AIS para sus aspiraciones personales.

Si es o no culpable corresponde definirlo a la Corte Suprema, pero por lo conocido hasta ahora es difícil creer que si AIS era su programa bandera, ese que defendía como fiera leona a sus cachorros y presentaba como clave para el desarrollo del campo, las irregularidades hayan sucedido a sus espaldas. Difícil comulgar con la tesis de la defensa de que el exministro no intervino ni participó en nada, que todo lo delegó y que dejó las decisiones en manos de sus subalternos y del IICA. Desafía la lógica porque AIS era la nuez de su gestión y de su éxito dependía su propio éxito y, además, contradice la imagen que vendió de sí mismo como un funcionario siempre al pie del cañón, atento al más mínimo detalle. ¿Un controlador que no controla?

El proceso aún no termina, pero permite sacar ya algunas conclusiones. Primera, que las investigaciones periodísticas y los debates de control político son fundamentales como contrapeso del poder y que, hechos con rigor, sirven de insumo para procesos administrativos y penales. Segunda, que las autoridades de control y de justicia están actuando, de pronto no tan rápidamente como la gente quisiera, pero están actuando. Y tercera, que la ambición desmedida de poder —y de riqueza como en el caso de los Nule—, tiene tanta fuerza que nubla la razón, tuerce conciencias y deriva en consecuencias desastrosas.

El exministro está donde está, con su carrera política en ruinas, porque se emborrachó de poder, porque se creyó el cuento de la superioridad de Uribe y del poder sin talanqueras y, por ahí derecho, en calidad de discípulo amado, de clon, de “copia mejorada” como lo llamó el expresidente, también cayó en la trampa de creerse superior. Fue víctima de eso que en la tragedia griega se llama hybris, un concepto que alude a la desmesura, a la soberbia —el mismo pecado bíblico del ángel caído—, y que ha servido para desarrollar una teoría sobre los efectos tóxicos del poder.

La hybris de Arias es la misma de su mentor, la hybris de los que tienen exceso de autoconfianza; de los que en momentos de crisis se creen salvadores de la patria; de los que se sienten por encima del común de los mortales; de los que hablan sin oír; de los que desprecian las opiniones ajenas y son incapaces de reconocer errores y pedir perdón; de los que se crispan con las críticas y ven en los críticos a enemigos personales; de los que se autoengañan sobre la infalibilidad de sus ideas y hacen caso omiso de realidades que las contradicen; de los que creen que van a triunfar donde otros han fracasado; de los que no tienen conciencia de su propia responsabilidad frente a los asuntos a su cargo y siempre atribuyen las fallas y los errores a otros.

Pero la hybris tiene su contraparte en la tragedia: Némesis, la diosa de la justicia retributiva pero también el fracaso, la caída, el castigo… La corta historia del exministro Arias —y la de los Nule— tiene esos componentes y deja una moraleja que la resume bien lo que dice el arriero de la ranchera El Rey, de José Alfredo Jiménez: “No hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”.

 

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