Armar a los sirios, pero ¿quiénes son los buenos?

Las películas del Oeste hacen fáciles los análisis: sólo basta saber quién es el bueno. Un modelo simple pero erróneo. Idénticamente, perduran en los análisis los esquemas de la Guerra Fría.

Rebeldes de la brigada al-Ezz bin Abdul Salam, durante un entrenamiento en la provincia de Latakia en Siria. / AFP
Rebeldes de la brigada al-Ezz bin Abdul Salam, durante un entrenamiento en la provincia de Latakia en Siria. / AFP

La lectura de la primera fase de las revueltas árabes era peligrosamente dicotómica: masas en las calles pidiendo justicia o la mano de un complot imperialista. La historia reciente demostró lo auténtico de las protestas que tumbaron presidentes en Túnez, Egipto, Libia y Yemen.

Hoy, la construcción de sociedades árabes más justas atraviesa un nuevo reto: el crecimiento de grupos musulmanes radicales y su agenda islamista. Esta es una segunda fase que ya se observa en Egipto y Túnez. Si la opción de los nuevos gobiernos es la represión, sólo aumentarán las protestas y darán excusas a los radicales para ganar espacio político.

Una tercera fase, que se mezcla con las anteriores, es el oportunismo internacional. Las grandes potencias juegan al ajedrez en Oriente Medio. Pero la validez de las protestas árabes no niega ni justifica dicho oportunismo. Es ahí donde se incrusta la ayuda militar a los rebeldes sirios por parte de Francia y de EE.UU. A nivel regional, cada país —de manera legítima, pero no siempre correcta— ajusta su agenda a las nuevas circunstancias: desde Arabia Saudita hasta Irán, desde Catar hasta Turquía, pasando por Israel.

El aumento innegable de grupos radicales islámicos y cercanos a Al Qaeda complica el panorama. La falta de apoyo internacional a los moderados da un espacio a los radicales (como ha pasado en Malí, Somalia y Chechenia), lo que sirve de excusa para que EE.UU. y Europa replanteen sus agendas en Siria.

Es cierto que la guerra per se no construye democracia, pero el camino de las armas en Libia y Siria no fue una opción entre muchas, sino la única vía que Gadafi y Al Asad dejaron abierta. Sin embargo, dicha guerra justa no valida la agenda de aquellos poderosos que con regalos envenenados entregan armas a los rebeldes, no pensando en los derechos de los árabes sino en sus agendas imperiales de reposicionamiento en la región.

En la Revolución de Octubre hubo una vanguardia y un líder, factores inexistentes en el caso árabe. Mientras que en la Revolución francesa no había una potencia ni una religión presta a robarse sus banderas, los árabes tienen que pelear contra los tiranos y sus seguidores, contra el islamismo radical que niega la participación política y contra intereses internacionales que les quieren contaminar sus agendas.

No estamos frente al panarabismo de Nasser de 1952, ni frente a la revolución de Irán de 1979. En estos dos casos, las coaliciones de marxistas, nacionalistas e islamistas se disolvieron dando paso a un solo sector —a costa de los otros—, lo que no se ve en el caso actual. Y, desde la distancia, sin diseccionar tal revoltillo, preguntamos de manera peligrosa: ¿y quiénes son los buenos?