Por: Catalina Uribe

Armas inocentes

Los niños son siempre oportunos como herramientas de persuasión en los debates políticos. Este recurso argumentativo no es nuevo. Se hizo famoso durante la guerra fría cuando Estados Unidos y la Unión Soviética lanzaron su guerra mediática sobre el mejor sistema de gobierno. La Unión Soviética publicitó la felicidad, obediencia e inocencia de sus niños, y la opuso a los vicios y el racismo al que estaban expuestos los estadounidenses. Por su parte, el país norteamericano mostró a los suyos en la tranquilidad de sus bienes materiales, mientras los soviéticos eran representados con muebles rotos y sin juguetes. En últimas, mensajes parecidos con distintas banderas.

Esta forma de usar a los niños se trasladó del mercadeo político a la instauración de políticas públicas. El argumento más poderoso para prohibir los matrimonios interraciales en Estados Unidos fue precisamente el futuro de los niños. ¿Cómo podría enfrentarse a un mundo racista y hostil un pobre niño de raza mixta? En lugar de combatir el racismo, lo mejor, creyeron muchos hasta hace muy poco, era evitar que si quiera un niño multirracial existiera. Algo muy parecido nos pasó hace unos meses en Colombia cuando se debatió la adopción por parte de parejas del mismo sexo. En vez de hacer campañas contra la homofobia y discriminación, algunos dijeron que lo mejor era evitarles a esos pobres niños sentirse mal en el colegio.

En nuestro país el discurso sobre la niñez es cada vez más recurrente, y son los grupos de derecha quienes usualmente lo traen a la luz. Para hablar de cadena perpetua, de currículos educativos, de adopción, de contenido televisivo siempre aparecen en el debate esas pequeñas voces inocentes. Voces que se olvidan a discreción cuando no conviene políticamente. La noticia de los niños violados por el sacerdote William Mazo y la ridícula explicación por parte de la Arquidiócesis de Cali pasó inadvertida entre aquellos que siempre se han autodefinido como defensores de la niñez. Muchos han llamado la atención sobre su silencio. Aunque lo cierto es que, en la gran mayoría de debates, por no decir en todos, los niños deberían permanecer por fuera, o por lo menos en su calidad de “entes indefensos”. Los niños son verdaderos miembros de la sociedad y hay que o darles voz o dejarlos de manosear también en política.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Uribe