Por: Adolfo Meisel Roca

Aron

"Adopté una actitud que ha seguido siendo la mía siempre, con modificaciones según las circunstancias. Esto es, no tengo ningún afecto por los conservadores y los hombres de derechas, estoy en contra de la revolución violenta e intento en un mundo mezquino mejorar lo que se puede mejorar. Es del todo decepcionante, estoy de acuerdo, es del todo decepcionante y lo sé, no es el tipo de cosas que entusiasma a las masas, ni siquiera a los jóvenes", señaló alguna vez el sociólogo político Raymond Aron,...

“Adopté una actitud que ha seguido siendo la mía siempre, con modificaciones según las circunstancias. Esto es, no tengo ningún afecto por los conservadores y los hombres de derechas, estoy en contra de la revolución violenta e intento en un mundo mezquino mejorar lo que se puede mejorar. Es del todo decepcionante, estoy de acuerdo, es del todo decepcionante y lo sé, no es el tipo de cosas que entusiasma a las masas, ni siquiera a los jóvenes”, señaló alguna vez el sociólogo político Raymond Aron, una de las voces más influyentes en la Francia de la posguerra. Él y Jean Paul Sartre, su compañero de generación, representaron en cierta forma las dos maneras de ser un intelectual comprometido: con una ideología en el caso de Sartre y con una manera escéptica de aproximarse al análisis de los problemas sociales en el caso de Aron.


El primero abrazó el marxismo y fue popular entre los jóvenes que en mayo de 1968 se rebelaron en París contra todo. Esa fue una época difícil para Aron, pues su liberalismo de centro fue visto por los muchachos rebeldes como muy derechista. Además, su talante analítico y distante, su estilo de vida burgués y la falta de carisma contrastaban con el mito del intelectual heroico, sin ataduras convencionales, como la familia, que por esos tiempos encarnó Sartre.


De la valoración de las figuras de Sartre-Aron, por lo menos en los temas políticos (actitudes, opiniones y escritos), el tiempo se ha encargado de inclinar la balanza a favor de Aron. Pese a su fama de izquierdista en los sesenta y setenta, durante la guerra Sartre había vivido muy cómodamente en el París ocupado por los nazis y en la posguerra fue un defensor sin peros de Stalin y de Mao; al final de su vida se declaró anarquista.


En contraste con Sartre, después de la derrota francesa Raymond Aron se refugió en Inglaterra, donde trabajó dirigiendo el periódico de las fuerzas francesas en el exilio. En 1955 escribió El opio de los intelectuales, donde mostró la atracción de los intelectuales a las ideologías totalitarias, y en ese momento de la vida francesa, hacia el marxismo en particular. Aron entendió esa atracción de los intelectuales como una manifestación de religiosidad política, más que por la fuerza de la argumentación lógica.


A pesar de la caída del Muro de Berlín y del carácter marginal del marxismo como ideología política en Occidente, las apreciaciones de Aron siguen siendo muy útiles para entender las manifestaciones políticas de muchos intelectuales. Por ejemplo, Aron señaló en alguna ocasión: “Los intelectuales (…) no buscan entender el mundo ni transformarlo, sino denunciarlo”. La razón para ello es que prefieren moverse en el terreno de las ideologías y las generalidades de los problemas de las sociedades, donde se encuentran con una perfección casi poética. En contraste, quien baje al terreno de los hechos concretos se encontrará en el mundo de la prosa, de los matices, de las fronteras difusas y de las elecciones difíciles. El coro de muchos intelectuales parecería ser: “Criticar, criticar, criticar, aunque no contribuya a nada”. Raymond Aron se propuso desde temprana edad hacer en cada momento lo posible por mejorar la situación. Pero como buen weberiano, en política también se comprometió con una ética de las consecuencias de las elecciones individuales.


 

 

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