Arrecian las lluvias

Lo mismo de todos los años. Es igual, con mayor o menor intensidad, pero se repite y se repite.

Como el cuento del gallo capón, una parodia de mamagallismo caribe, que tras reiteradas preguntas sobre el gallináceo animal, se burla y deja sin respuesta y solución al esperanzado interlocutor. Así pasa con el agua.

Año tras año, en forma sistemática, con rigurosa puntualidad, llega el invierno y con él la tragedia y el calvario de los habitantes ribereños. El agua de benefactora se convierte en inclemente destructora. Las inundaciones producidas por el desbordamiento arrasan a su paso cosechas, animales y bienes materiales, dejando en su recorrido miseria y desolación. Y como el cuento del gallo capón, empieza la repetidera, los periódicos desempolvan titulares y los reencauchan: “Tragedia por inundaciones” es quizás el más recurrente.

El país y las regiones, con los desastres reincidentes anualmente, no han aprendido, o no han querido aprender a prevenir las consecuencias de fenómenos meteorológicos causantes de las tragedias, aunque éstas sean repetitivas.

Ministerios, gobernaciones, alcaldías y oficinas de atención y prevención de desastres se han dedicado a desarrollar acciones inmediatistas. Más correctivas que preventivas. Surgen sólo cuando la fuerza del agua hace imposible contenerla. Se esbozan además justificaciones y pretextos. Este año seguramente será el del cacareado cambio climático. Con una retrospectiva en el tiempo las razones adquieren también la connotación del cuento caribeño: “Una interminable repetición de un relato que nunca acaba”.

Las regiones afectadas están cansadas ya de que, como todos los años, ocurrida la devastación, se declaren zonas de desastre y emergencia y se implanten los consabidos planes de contingencia. Que surjan personajes de todos los colores y pelambres con loables acciones caritativas para los damnificados. Admirables y necesarias sí, pero cuyo objeto es contribuir a atenuar el efecto, mas no a eliminar la causa. Lo que los afectados realmente quieren y con derecho aspiran es a que de una vez por todas se tomen medidas definitivas y contundentes que eviten la sistemática repetición de devastaciones y desastres. Diques de contención, terraplenes, canales y otras obras de ingeniería han sido muchas veces diseñadas y nunca ejecutadas.

Las zonas de inundación están ubicadas en las regiones bajas a donde confluyen los cauces de los ríos hacia su desembocadura. Es decir, en zonas rulares, alejadas de las urbes regionales y más distantes aún de las interioranas. Quizá por ello, está ocurriendo como con otros fenómenos recientes. Hasta que no afecten al gran país urbano, no se toma conciencia de ellos. Mientras tanto, el cuento del gallo capón, en su símil disfraz de devastación y tragedia invernal, se sigue repitiendo.

Ricardo Buitrago Consuegra. Bogotá.

El otro Manuel

Leí hoy la historia de ‘El otro Manuel’. Excelente. Y todavía nos preguntamos por qué existen personajes como éste (el segundo Manuel) en nuestro país. ¿Es que acaso no es obvia la respuesta?

Antonio Londoño. Bogotá.

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