Colombia2020 y Rutas del Conflicto lanzan plataforma para seguir el pulso al acuerdo de paz

hace 4 horas
Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Arrendado

He vivido en arriendo toda mi vida, aunque me hayan querido vender la idea de que debo comprar, comprar y comprar, y sobre todo poseer, para luego poseer más. Por momentos creí que compré, y luego creí también que había vendido, porque unos papeles legales con unas cuantas firmas decían eso. Compré libros, discos y un par de abrigos, por ejemplo, y por muchos años me convencí de que eran míos, cuando en realidad todo aquello estaba en un arriendo a muy largo plazo, y las historias de los libros y sus personajes, y las canciones de los discos y sus músicas, eran imposibles de asir. Todos terminaron por transformarse, y hasta sus frases, dichas o cantadas con las mismas palabras de antes, decían otras cosas cada vez que iba a buscarlas. Yo había pagado unos pesos para que ellos desempeñaran una función, como simples arrendatarios.

Arrendé habitaciones y me sentí protagonista de una película al saber que era un inquilino. Arrendé una cama, dos mecedoras y una mesa para escribir, o para jugar a escribir, y las pagué arrendándome yo mismo por unos cuantos cientos de pesos. Arrendé mi tiempo, mi voluntad, mis palabras, mis silencios, y me vestí con un impermeable traje de dignidad, arrendado también, para convencerme de que mi trabajo era importante. Recité algunos poemas cientos de veces para darles peso a mis palabras, con el temor de abrir la puerta que me llevara a admitir que mis palabras también eran arrendadas. Arrendé amores, y pagué con besos y miradas y regalos, e incluso con palabras, hasta que dejé de mentir y de mentirme. Arrendé momentos, sonrisas, tardes de café, algunas conversaciones, uno que otro baile y muchas botellas de ron.

Nada ha sido mío. Nada lo será tampoco. He pasado de arrendador a arrendatario en una y mil ocasiones, y para no aceptar que el vacío es el más honesto de los fines, sigo firmando papeles, unas veces como arrendador, otras como arrendatario. He pagado impuestos por vivir en este país, como un arrendatario más, y los he seguido pagando, como si fuera un privilegio ser colombiano. He recibido pagos por hablar acá o allá, o por decir algo, pues escribir en últimas es decir, y he seguido siendo un arrendado más, con pagos mensuales, un contrato de ley y quince días de vacaciones al año. Ni lo dicho ni lo escrito me han pertenecido, más allá de que mi nombre haya estado volando por ahí. Las palabras y las ideas han sido de todos o de nadie, aunque algunos autores hayan pretendido poseerlas y los notarios a sus órdenes las hayan patentado.

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