Por: Daniel García-Peña

Arrinconado

AHORA RESULTA, SEGÚN ALGUNOS medios colombianos, que “la gira muda” de Uribe por Suramérica fue todo un éxito: que pudo voltear a Lula, a Lugo y a Bachelet; que neutralizó a Chávez, a Correa y a Morales; y que logró que el tema de las bases no se mencionara en la declaración final de la III Cumbre de Unasur.

Pero el sólo hecho de haber tenido que armar a la carrera semejante periplo de siete países en 72 horas, de por sí evidencia el rincón en el cual el propio Uribe se ha metido. Y en el que sigue, porque lo único que ganó fue tiempo. El tema está lejos de resolverse y desde ya forma parte de la agenda de la próxima reunión de presidentes.

Nos dicen que por fin pudo explicar que no se trata de bases gringas en Colombia, sino de bases colombianas, que Colombia soberanamente permite sean utilizadas por tropas de USA.

Pero, ¿será que alguien realmente se come el cuento de que en las bases mandan los colombianos? Si en la propia OTAN a los gringos les cuesta quedar bajo órdenes de alguien de otra nacionalidad, no me los imagino subordinados a un colombiche. Ni siquiera se les puede juzgar si violan las leyes colombianas. ¿Qué pasó con el caso de abuso sexual en Melgar o con la esposa del funcionario de la Embajada de USA en Bogotá que servía de mula de narcotráfico?

Más allá de cómo quieran llamar las bases, el verdadero debate de fondo debe ser en torno a qué se busca con la llamada “cooperación militar” con USA.

Cuando se inició el Plan Colombia hace diez años, se suponía que el propósito central era la lucha contra el narcotráfico, y explícitamente se excluía su uso como elemento contrainsurgente. Todo eso cambió después del 9/11. Se dio luz verde para que los recursos pudieran ser utilizados en la lucha contra el terrorismo, que en el caso colombiano tiene nombre propio: Farc.

Nadie duda que el apoyo de USA —recursos económicos, helicópteros, inteligencia satelital, etc.— ha sido clave para golpear a las Farc, como nunca en su historia. Pero si bien es evidente que para el gobierno de Uribe el objetivo estratégico, y aparentemente único, es seguir golpeándolas hasta lograr un hipotético contundente golpe final, no es claro qué busca USA.

Para los militares gringos, hoy hay amenazas mucho más graves en el mundo que una guerrilla diezmada y en el “fin del fin”, según los propios militares colombianos. Sus intereses geopolíticos globales son otros, como están consignados en los documentos del Pentágono y no es ningún secreto que les preocupa la Venezuela bolivariana y su fuerte impacto en el vecindario.

Por otro lado, la administración Obama no volvió a hablar de la guerra global contra el terrorismo. Y también es cada vez más evidente que la política represiva y prohibicionista frente al fenómeno del narcotráfico, empezando por las fumigaciones de cultivos ilícitos, ha sido un fracaso estruendoso.

El Gobierno hábilmente atiza el alboroto nacionalista para convertir una muy delicada situación en el ámbito internacional, en una ganancia en la polarizada coyuntura nacional, impidiendo y eludiendo el necesario debate acerca de nuestras relaciones con USA y América Latina.

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