Por: Fernando Araújo Vélez

Arrugadas y olvidadas

Ellas van por ahí, siempre inseguras, siempre a punto de tropezar. Las medias arrugadas o envueltas al tobillo, un rosario tal vez, una cartera de cuando tenían 40 y aún eran observadas en la calle.

Y los ojos... Ojos nublados que sólo saben de un amante que no pudo ser, o de una especie de tirano al que soportaron hasta hace poco en su propio lecho y a quien le dijeron en dos o tres ocasiones te amo sin sentirlo. Ojos nublados que ya no miran hacia adelante porque allí no hay nada que ver.

Y las manos... Manos cansadas de arrullar y acariciar y despedirse, manos de amantes y de amigas y de madres, manos que pasan el rosario porque quizá ya no tienen a quién decirle adiós. Ellas van por ahí, aguardando el final como si fuera el principio, arrepentidas de una vida que no vivieron como la habían imaginado, cero príncipes, cero princesas, proyectando una y mil veces las tres escenas que las tuvieron como protagonistas.

Ellos las ven pasar ante un tinto o una copa de brandy, los zapatos y la corbata lustrados, el vestido impecable, en el café de hace tanto tiempo de una  esquina en Chapinero o una plazoleta en el Rosario, de una calle en La Soledad o un parque de La Candelaria. Y entre el fútbol, la política, el recuerdo de un auto último modelo o alguna guerra jamás peleada, acuerdan una especie de pausa que los lleva a todos y a cada uno a un primer amor. Todo es silencio, aunque los buses rujan y los policías silben y pase una camioneta con vallenatos a todo volumen. Todo es nostalgia, aunque los periódicos publiquen en una esquina que Colombia es el segundo país más feliz del mundo. “¿Viste la nota?”, pregunta uno, como al aire. “No vale la pena, quién va a responder que no es feliz”, responde otro.

Entonces surge de cualquier recoveco una mujer de rosario en mano, ojos nublados y cartera de 40. Y ellos la miran y callan, buscando antiguas imágenes, viejas voces. “Pero si es Josefa María, ¿o no? Mira, hacía tanto que no la veía”, dice alguno y la vuelve a observar. Entonces se inclina hacia adelante y recompone todo su monólogo reducido. “¿O es Sofía?”.

 

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