Por: Juan Carlos Botero

Arte conceptual: un error histórico

Hace poco estuve recorriendo las ferias de arte en Miami, como Basel, Art Miami y Art Context, y no pude evitar una profunda sensación de desaliento.

Mientras observaba las diversas obras de arte conceptual, entre ellas una llanta de tractor, una silla de plástico, unos ladrillos en el suelo y una tapa de alcantarilla, pensé que este arte que ahora está tan de moda es nada menos que un error histórico. ¿La razón? Es la primera vez que el arte se equivoca de objetivo, y no es autónomo.

Me explico. El arte conceptual no aspira a crear belleza, y en ese sentido su meta, frente a la prodigiosa historia del arte de todos los siglos anteriores, es errada. A finales del siglo XIX, el objetivo del artista era también, como buena parte del arte actual, incomodar al espectador. Desafiarlo. Retar sus ideas y perspectivas. Pero aun así esos artistas se proponían crear obras bellas. Cada cuadro del impresionismo y del cubismo era hermoso. Ahora no. El concepto de la belleza evoluciona, claro está, y lo que se creía bello en el siglo XIV no es igual que en el siglo XVII. Pero había claridad en que la función más sagrada del arte, en cualquier momento de la historia, era crear belleza. La de su tiempo, desde luego, pero belleza al fin y al cabo. Y la razón era obvia: abunda la fealdad, y la vida es tan dura y brutal para la gente que los artistas tienen el deber de ofrecer justamente lo que no hay: belleza. Y aunque el artista tuviera una intención adicional en mente, como denunciar una atrocidad (como hizo Goya), o alabar a Dios (como hizo Fra Angélico), o celebrar al héroe (como hizo Miguel Ángel), siempre había una meta superior: crear belleza. Hoy el arte no tiene esa meta. Más aún: el arte conceptual rechaza la belleza, descartándola como superficial. En ese sentido, esta nueva moda es un error histórico.

Igual sucede con su autonomía. Cualquier obra de arte, ya sea plástica o literaria, aspira a ser autónoma. O sea: que no requiera nada externo o adicional para ser apreciada, entendida, valorada y disfrutada. Hay piezas más exigentes que otras, sin duda, pero nunca antes la obra dependía del comentario de un tercero para que el espectador captara de qué trata esa obra. Hoy, las piezas de arte conceptual requieren, en su mayoría, una explicación complementaria para ser apreciadas. Y más todavía: sin esa tesis, explicación o elaboración adicional, la obra carece de sentido. Es decir: no es un arte directo, sino uno que requiere de intermediarios, y no sólo para ser juzgado, sino para existir. Hay cientos de ejemplos. Y por eso cada pieza en Miami tenía alguien al lado, dispuesto a explicar la obra, diciendo que esa llanta de tractor, esos ladrillos en el suelo, esa silla de plástico o esa tapa de alcantarilla eran, en verdad, otra cosa. Algo más valioso y significativo. Pero claro: sin esa teoría externa, esos significados tan profundos no se perciben, y sólo restan unos objetos tirados en el suelo que no le dicen nada a nadie.

En suma: el arte conceptual no es sólo un engaño y una farsa, sino que es, además, frente a su meta milenaria y a su elemental autonomía, un error histórico. Sería saludable regresar al origen para descubrir un arte valioso y perdurable. Como el que existió, con toda su riqueza y diversidad, en todos los siglos anteriores.

 

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