Periscopio cultural

¿Arte o inversión?

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Las noticias que llegan del mundo del arte son desconcertantes. Por ejemplo, una obra de un pintamonas que se apoda Banksy fue comprada por un inversionista en una subasta por una suma superior a los US$20 millones. Igualmente, un montaje de computador de un tal Beeple fue adquirido por un programador de India por casi US$70 millones. Unos animales disecados en formol de Jeff Koons han alcanzado cifras cercanas a los US$100 millones. Un pintor llamado Sacha Jafri hizo en Dubái el cuadro más grande del mundo (lo que parece ser su único mérito), con un área de casi 2.000 metros cuadrados, y un financista francés dio por él varios millones de dólares. Igualmente, otro cuadro que han atribuido a Leonardo da Vinci, pero que no solo no ha sido autenticado sino que muchos creen que ni siquiera es suyo, lo compró un petrolero por más de US$450 millones.

Los anteriores, más otros ejemplos, confirman lo dicho tantas veces: el arte parece que dejó de serlo y ahora se considera una inversión más como, por ejemplo, la criptomoneda. Aparentemente una creación ya no es adquirida por su valor estético sino por las utilidades que puede dejar. Una cantidad de nuevos ricos con billeteras colmadas han inflado los precios a tal punto que estos no son realistas y han creado un mercado artificial, que recuerda la famosa especulación histórica de los tulipanes en el siglo XVII. Ya no es el buen gusto el juez del valor de una obra de arte, sino sus posibilidades financieras en un mercado distorsionado, manejado por crédulos.

Lo anterior no es bueno pues niega lo que es el arte y somos muchos quienes esperamos que la burbuja reviente lo antes posible para que lo que prime sea la belleza y no las especulaciones monetarias.

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