Por: Valentina Coccia

Arte y poder

En estos días de comienzo de año pareciera que el paro se hubiera esfumado, dejando solo una bruma de intensos recuerdos. Para colmo de males, el Gobierno sigue adelantando su maquiavélica agenda política y pareciera que los ciudadanos, ya agotados de protestas infructuosas, volvieron a la resignación de siempre. Extraño el paro, debo confesarlo. Nos subió el ánimo a todos; nos hizo pensar que por fin en algo estábamos despertando, que nuestra voz podía ya articular algunas notas. Aunque en algunos momentos me dejé llevar por la desilusión, en los últimos días también he pensado que el pueblo, en este doloroso país en el que la vida peligra a cada instante, no ha sido alfabetizado para protestar. La protesta requiere un lenguaje claro y una identificación concreta con dicho lenguaje para que, por un lado, su mensaje sea comprendido y para que, por otro, no flaquee por cualquier dificultad.

Como saben mis lectores más fieles, últimamente he estado indagando sobre los posibles usos del arte. En las últimas décadas las disciplinas artísticas han sufrido una dramática escisión con la población y se han encerrado en los salones más refinados y cultos separándolas de su madre pueblo. El arte, si bien no puede generar cambios integrales a nivel político, sí es el maestro más sabio para enseñarle a la gente cómo expresarse y, por lo tanto, cómo protestar. El arte, en sus distintas formas, es un lenguaje claro y conciso; un lenguaje universal que además de todo tiene la enorme capacidad para conmover y para llevar al espectador a una elevada empatía con su mensaje.

Una de las tantas artes que han sido cruelmente arrancadas de las manos del pueblo ha sido el teatro. En un principio el teatro se bailaba en las calles, se cantaba en las plazas y reunía al pueblo en una sola voz: era el ditirambo. No había fronteras entre actores y espectadores porque cualquiera podía ejercer ambos roles: no había preparación previa y era pura fiesta, voces e imaginación. Con la tragedia griega, el teatro politizó su escenario: había unos actores que aclamaban y unos espectadores que padecían los efectos de la trama. Además, la representación pasó a tener unos protagonistas de casta noble y un coro, que constituía la voz del pueblo. Con el advenimiento de la burguesía el teatro se volcaba hacia la extraordinaria individualidad del protagonista, y con Brecht el espectador pasó a ser representado por el actor. En todos estos casos, el espectador cedía el poder a la puesta en escena: bien sea porque la dramaturgia lo instruía sobre cómo pensar, o bien sea porque le cedía la representación de su pensamiento al actor.

Augusto Boal, en su texto El teatro del oprimido, insiste en crear una poética y una pedagogía de las artes que le devuelva el poder del lenguaje al pueblo. Como en el lejano ditirambo, el teatro debe ser un espacio que le cede participación tanto a los oyentes como a los actores, devolviéndoles a todos la capacidad de expresarse a través del lenguaje artístico.

A mi modo de ver, el teatro otorga poder porque es una disciplina para la que es necesario tener un profundo conocimiento y dominio de sí. Hacer teatro implica moldear el cuerpo para ponerlo al servicio de la expresión: cuando se alcanza este nivel ya hemos logrado cierto tipo de empoderamiento. Una vez que cada quien desarrolla su propia voz puede compartirla con los demás o cederle a otros el poder para que hablen. La recuperación del ditirambo con sus respectivas acomodaciones a nuestro contexto político y social, potenciaría las voces de los ciudadanos. Si bien los paros del año pasado implicaron un enorme crecimiento, aún falta moldear las palabras, construir un mensaje y transmitirlo a través de un lenguaje contundente. Revivir el teatro y educar a la población para utilizar sus herramientas, le permitiría a la población extender el área de su poderío, afinar el eco de su canto y trasmitir su dolor a aquellos que deben escucharlo.  

@valentinacocci4

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