Renacimiento ribereño

LONDRES ES UNA CIUDAD VIEJA QUE cambia despacio. Los británicos, en general, son conservadores en sus hábitos y suspicaces frente a los cambios súbitos, ya sea en la política, las normas sociales o el trazado de calles.

Cuando Londres se quemó casi por completo en el gran incendio de 1666 y los urbanistas de la época tuvieron la oportunidad de rediseñar la ciudad, optaron por reconstruirla con el mismo plan de calles medieval que derrota hasta al más experimentado explorador urbano. Las calles de Londres son como la ortografía inglesa: para entenderlas hay que saberlas, y para saberlas… hay que saberlas. Yo llevo 20 años viviendo en el norte de Londres y ya comienzo a entender ese pedacito de la ciudad. Lo demás es un misterio.

Pero la ribera del Támesis ha sido, en los últimos 15 años, una excepción a esa regla de lentitud. A diferencia de ciudades como París, donde el Sena con sus barcazas, bulevares y sus hitos arquitectónicos ha sido siempre parte del encanto de la ciudad, el Támesis a su paso por Londres ha sido un río casi olvidado. Una vez que el río, turbio y con fuertes corrientes, perdió su lugar como arteria de comunicación, los londinenses le dieron la espalda. Hasta hace poco llegar al río era difícil y, una vez allí, no había mucho que hacer.

Pero vino primero el Globe Theatre, el teatro al aire libre donde William Shakespeare produjo muchas de sus obras por primera vez. El teatro fue reconstruido en 1997 en el lugar exacto, cerca al puente de Southwark, donde se alzó el original en el siglo XVII. Unos años después, en 2000, vino la Tate Modern, una de las galerías de arte moderno más importantes del mundo. Doscientos millones de dólares se gastaron en reacondicionar una estación generadora de electricidad de la era victoriana que llevaba décadas pudriéndose lentamente a la orilla del río, muy cerca del Globe.

Esa inversión, la mayor parte en dinero público, vino con tres nuevos puentes peatonales, uno frente a la galería y otros dos un poco más al occidente, cerca al puente de Waterloo. Los tres son diseños modernos, livianos y llenos de luz, que ahora conectan el norte y el sur de la ciudad.

Y la gente comenzó a llegar. El año pasado se inauguró una remodelación del South Bank Centre, un complejo de teatros, salas de concierto y galerías construido en los años sesenta a la orilla del Támesis. Ahora hay tiendas, cafés y restaurantes de cara al río, donde antes había concreto brutalista estilo años sesenta. Y vino aun más gente.

El edificio del antiguo ayuntamiento de Londres, un poco más al este, es desde hace algunos años sede del acuario de Londres. Y frente a éste, una de las atracciones más visitadas de la ciudad, el London Eye, esa gigantesca rueda de Chicago que, en días despejados, ofrece una inigualable panorámica de Londres.

En suma, donde antes había edificios dilapidados, zonas verdes descuidadas y concreto, ahora hay uno de los espacios urbanos más excepcionales del mundo. Y donde antes sólo se paseaban los dementes y los perdidos, ahora es difícil abrirse paso entre las muchedumbres de londinenses y turistas que vienen a disfrutar de todo lo que allí se ofrece.

Hoy en día es posible caminar casi exclusivamente por zonas peatonales a la orilla del Támesis desde el Big Ben hasta la catedral de St. Paul, una ruta de más de tres kilómetros en una de las ciudades más densamente pobladas del mundo. Es un paseo que bien vale la pena, a través de más de 500 años de historia de esta compleja y cambiante ciudad.

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