Por: Rafael Orduz

Asesinatos y desconfianza al tope

Son inexplicables la indiferencia y el aplauso que los asesinatos de líderes sociales provocan en algunos sectores de la sociedad.

Realizar las primeras elecciones presidenciales sin muertos ni puestos de votación incendiados debería ser un orgullo de todos los colombianos. En un país de altos índices de abstención, la participación electoral ha sido excepcional. Es un mérito del proceso de paz que, independiente de carecer del debido reconocimiento de parte de algunos sectores, concluyó cinco décadas de conflicto y sepultó los proyectos políticos de toma del poder por la vía de las armas.

Cuando deberíamos estar construyendo caminos de solidaridad y reconciliación, cuesta entender que nos encontremos en un período de creciente y profunda desconfianza entre los colombianos. Como los estudios sobre capital social lo han mostrado, hay alta relación entre los niveles de confianza entre las personas y hacia las instituciones, por un lado, y la corrupción imperante en una sociedad, por otro. En ese orden de ideas, dados los niveles de robo de los recursos públicos, mal endémico, la desconfianza ha sido característica por décadas.

Sin embargo, hay un ingrediente que presagia épocas de polarización y desconfianza que creíamos superada: la forma en que se reacciona frente a la ola creciente de asesinatos de líderes populares en algunas regiones del país. Las cuotas, día a día, están aumentando, sin que la sociedad, en conjunto, se pellizque y censure, al unísono, la barbarie. Indiferencia, aplausos, la teoría de los muertos buenos y los malos.

Dos observaciones sobre la forma brutal de reacción:

En primer lugar, la actitud de algunos funcionarios públicos alrededor de algunos asesinatos. La banalidad de discutir, a partir de las esferas públicas, acerca de la sistematicidad de los asesinatos de los líderes o, si más bien, alguna casualidad, algún azar, líos de faldas y riñas, o conexiones non sanctas, son los factores que explican.

A propósito del crimen que segó la vida de una líder, Ana María Cortés, en Cáceres (Antioquia), el ministro de Defensa salió presuroso a contarle a la opinión pública que había investigacioebs que enredaban a la víctima con el Clan del Golfo. Aclaró ayer que ninguna causa justifica los asesinatos, pero que, eso sí, la autoridad tenía la obligación de contarle a la opinión pública acerca de las “líneas de investigación”. Vaya, vaya: ¿las investigaciones son veredictos? ¿Tan eficientes son que el día del asesinato ya se sabía de las andanzas de Cortés?

Segundo, la forma en que sectores importantes se expresan de los muertos y de las protestas por los asesinatos. Encontré un trino, ampliamente divulgado en las redes, que ilustra este tipo de violenta lectura de parte de algunos: “Si Pablo Escobar estuviese vivo haría huelga de hambre, se haría llamar defensor de derechos humanos y hasta organizaría marchas a su favor haciéndose llamar un hombre de paz.”

El nivel de agresión en el uso del lenguaje, tan corriente en Colombia (y amplificado por el uso de las redes sociales), sería banal si no fuera por los centenares de asesinatos. Ciudadanos de todas las tendencias políticas deben mostrar su rechazo frontal a los infames asesinatos de líderes sociales.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Rafael Orduz

Sin memoria no hay paz

Trabajo en el 2030: incierto, ¿y?

Gracias a Gonzalo Sánchez y al CNMH

Ana María Archila y el juez Kavanaugh

La afición a prohibir, en alza