Por: J. D. Torres Duarte
Costas extrañas

Así aprendí a leer mil páginas en una hora

El título de esta columna es una exageración, por supuesto. El lector más próspero del que tenemos noticia es tal vez Bill Gates: dicen que lee 150 páginas por hora. Pero tener un número elevado de páginas leídas por hora no es tan diciente como tener un número elevado en la cuenta bancaria.

Parece que la acumulación también intenta invadir los dominios de la lectura. Un hombre con muchos libros leídos –sin importar de qué libros se trate ni la calidad de su lectura– es sinónimo de un hombre culto y, sobre todo, emprendedor y voraz. Un hombre capaz de leer un libro en una hora aventaja a sus contemporáneos y, por lo tanto, está preparado para gobernarlos. Su sabiduría no es gratuita: no lee por leer, sino por adquirir un conocimiento aplicable en el menor tiempo posible. La lectura se ha puesto por fin al servicio de la superación personal.

En literatura, ese método es estéril: primero, porque es un método –y la libertad que provee la lectura no tiene manuales–; segundo, porque la literatura es una indagación muy distinta a la de un libro científico. Es posible creer que Bill Gates lea 150 páginas por horas de un libro de historia cuyo objetivo es sólo informativo; es dudoso, en cambio, que logre abarcar la misma distancia en el mismo tiempo con Orgullo y prejuicio. La lectura literaria demanda una concentración, un esfuerzo y una apreciación casi opuestas: conocer la trama de una novela –si la tiene– no es lo mismo que conocer de memoria las fechas de las batallas independistas en América (a propósito, ¿de qué sirve conocer de memoria esas fechas?).

La sensibilidad hacia el material literario también difiere. Tengo la impresión de que un libro científico, por ejemplo, depende del análisis, el careo de información y las conclusiones lógicas. Más allá del estilo –habría que ver el balance entre información científica y estilo que tienen los libros de Oliver Sacks–, su método y sus límites están predeterminados. La literatura va en dirección contraria: el mundo exterior lanza versiones contradictorias que son inverificables –o apenas verificables a partir de los sentidos engañosos–, las consecuencias de un hecho no son por fuerza lógicas y cierta personalidad no es el augurio de ciertas consecuencias. Ante todos ellos, el lector actúa, siente y se aplica con la imaginación. La literatura es capaz de convertir a un simple empleado en un insecto gigante y de hacer caminar a una nariz escapista que habla con absoluto dominio de sí misma.

La literatura es, quizás, un pensamiento más primitivo: parece mezclarse mejor con la mitología y la religión que con el rigor académico. Está en los terrenos de la posibilidad y está sometida al azar y la incertidumbre. Mientras, en tiempos industriales, la tecnología suma y suma avances en busca del progreso y el radio fabricado hoy es mejor que el radio fabricado ayer, la literatura parece mirar con humildad al pasado y nadie podría asegurar que cualquier obra escrita hoy es mejor, por defecto, que El Quijote o La novela de Genji. Mientras todo se rinde ante el yugo de la velocidad y el desempeño, la literatura invita a elogiar el silencio, la paciencia y la meditación.

La lectura que promete rendimientos y ganancias, sin embargo, ya parece un hábito asentado. Algo tendrá que proveer como beneficio: una moraleja, una forma de comportamiento, un sistema aplicable. Quizás eso explicaría la tendencia a buscar citas de grandes autores, a buscar esas cápsulas donde en apariencia está encerrado el misterio de la vida. La literatura debe ser práctica y adaptable como una muda de ropa. Antes de leer, ya se tiene certeza de cuál debería ser el resultado. De lo contrario, la lectura ha sido inservible.

Quisiera proponer un hábito opuesto. No se trata de un método, sino más bien de otro camino con sus propios desvíos: leer sin esperar nada a cambio. Introducirse en una novela sin expectativas, sin determinar de antemano cómo deberá estar compuesta para complacerme, sin exigencias de forma ni de fondo. Introducirse, más bien, como un citadino entraría en una selva que desconoce por completo: atendiendo a cada movimiento furtivo como a una cosa nueva y única. Un libro es un hogar ajeno que, poco a poco, se convierte en propio. Si se espera que las habitaciones estén dispuestas como están dispuestas en el hogar propio, la visita se hará tediosa y desorientadora.

En literatura, leer dos páginas o cien en un día importa poco. En contraste, sí importan los juegos de la imaginación, la comprensión de la lógica interna del libro, las conexiones entre unos y otros momentos, la profundidad de la exploración, la apreciación del lenguaje y el encuentro sensible con una maravilla que había pasado inadvertida. Las buenas obras literarias son, creo, grandes rarezas: sus voces son extrañas, incomparables, como alienígenas y al mismo tiempo humanas. Que gusten o no, a estas alturas, parecerá de menor importancia. El gozo ya tendrá otro origen.

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Así aprendí a leer mil páginas en una hora

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