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Antes de empacar sus vidas en 11 camiones, más de 80 de sus compañeros ya se habían ido, de uno en uno, de silencio en silencio, porque la muerte y las amenazas se paseaban por Santa Lucía.

El Gobierno lo sabía; las voces más visibles del Partido FARC habían lanzado una y cien veces las señales de alerta; los defensores de la paz registramos con impotencia y dolor cada éxodo, cada víctima. Las redes replicaban los hashtags de la tragedia; algunos medios dedicaron páginas, crónicas y entrevistas; para otros, ni siquiera fue noticia, porque éste sigue siendo un país con balas estratificadas. El padre Yonay Tuberquia, de la diócesis de Santa Rosa, lo dijo: “La gente tiene miedo y yo tengo es preocupación.”

En la zona de Santa Lucía -atravesada por grupos ilegales regidos por órdenes y complicidades oscuras-, en los últimos tres años han asesinado a 14 personas: 12 firmantes de paz y dos de sus niños. El Estado colombiano ha incumplido buena parte de lo pactado y, además, es evidente que no tiene control sobre el territorio.

Por eso el 15 de julio los sobrevivientes del ETCR Román Ruiz, de Santa Lucía en Ituango, emprendieron su viaje a Mutatá.

Veinte familias, cerca de 100 personas, 23 horas de camino, con la esperanza y el desarraigo embalados en cajas de cartón, cerradas con los nudos que hace la nostalgia.

La caravana llegó a Dabeiba a las siete; desayunaron y siguieron hacia la vereda La Fortuna. Pastor Alape, delegado del partido FARC al Consejo Nacional de Reincorporación, ha sido permanente voz de aliento, compañía y presencia, para quienes “no se rinden y tienen la convicción de sembrar la semilla de la paz”. Llano Grande, Dabeiba y San José de León los recibieron con solidaridad ejemplar.

Pero todo ha sido difícil. La decisión obligada, el duelo, el camino de noche en los buses escalera. Un calor agobiante. Los niños tenían sed y sus padres la incertidumbre de todo nuevo comienzo.

Pero ahí vamos, dice Pastor. “Así hemos construido esa condición ética del exguerrillero de las Farc, el hombre y la mujer de la paz”. Si les suena extraño, ejercitemos lógica y empatía: cambiar armas por palabras es lo más ético que le puede pasar a una guerra.

Alcaldesa, concejo municipal, arquidiócesis, mesa de género y comerciantes de Mutatá han recibido con benevolencia a los firmantes de paz, de San José de León, Ituango, Brisas, Jiguamiandó y el Canal de la Llorona. El compromiso: trabajo y reconciliación.

El 70% de los reincorporados en Antioquia está en Mutatá. La ARN los apoya. Ojalá los organismos internacionales, el papa Francisco, los países de la no violencia, acompañen a este municipio; lo observen y lo protejan, como al más tangible y humano laboratorio de paz.

Esta noche las mujeres y los niños dormirán en San José de León, en las viviendas construidas durante el proceso de reincorporación y que generosamente les abrieron la puerta. Los hombres, en los ranchos, mientras se define cómo y dónde van a vivir, en esa finca de tierra fértil que arrendó el Gobierno, con el compromiso de comprarla y entregársela a la cooperativa de los reincorporados.

Muchas tareas pendientes: asistencia médica, víveres, orientación para los proyectos productivos. Y ¡agua potable! porque hoy tienen que traerla desde la quebrada.

Así como han levantado la esperanza, así levantarán sus casas; así están dispuestos -otra vez-, a volver a empezar.

gloria.arias2404@gmail.com

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