Por: María Elvira Samper

Así en la paz como en la guerra

Recuerdo aquel enero de 1984, cuando en una entrevista por televisión, el entonces ministro de Defensa, general Fernando Landazábal, se fue lanza en contra la política de paz del presidente Betancur.

Dejó en claro que las Fuerzas Armadas no apoyaban los diálogos con la subversión y remató sus explosivas declaraciones con la advertencia de que el país tendría que acostumbrarse a oír a sus generales. Sobra decir que eso le costó el cargo.

Catorce años más tarde, dos meses antes de ser asesinado por sicarios, el general (r) le dio una larga entrevista al historiador Medófilo Medina*, muy reveladora del pensamiento militar y del papel que han jugado o pueden jugar los altos mandos en las negociaciones de paz con las guerrillas. Sostenía Landazábal que parte del fracaso de los intentos de paz con las guerrillas, se debía a que los gobiernos no habían tenido en cuenta a los mandos militares. “Para eso está un Estado Mayor de las Fuerzas Militares que habla con la subversión. Si ésta pide diálogo, pues se oye (…) Si van a hacer la paz a espaldas suyas, los militares se sienten traicionados”.

Traigo a colación estas reflexiones del general que un día prefirió alzar la voz antes que conspirar en silencio, porque las comparten amplios sectores de las FF.AA., y porque indican que no puede verse el proceso de La Habana sin echar un vistazo al pasado. Y si bien las circunstancias de todos los procesos son distintas, el actual corrige errores de los anteriores, entre ellos el de no incorporar a representantes de las FF.AA. en la mesa de negociación o no tenerlos en cuenta a la hora de decisiones claves. Por eso el presidente Santos incorporó a los generales (r) Jorge Enrique Mora y Óscar Naranjo al equipo de negociadores, y además creó la subcomisión de oficiales activos para aportar know how en la etapa final del proceso, para asesorar —no negociar— sobre aspectos técnicos, prácticos y logísticos relativos a la desmovilización, el desarme y el cese definitivo de hostilidades.

No es una humillación, como sostienen los uribistas —detractores de oficio de las conversaciones de La Habana—, que oficiales activos de las FF.AA. participen en calidad de asesores. Es el reconocimiento del papel clave que juegan las FF.AA. en un asunto de interés nacional: el fin de la guerra. Lo humillante es que Uribe y su séquito insinúen que aceptaron la misión por disciplina, por la obediencia debida, porque negarse podía significarles sanciones e incluso poner fin a sus carreras. La obediencia debida no es absoluta, no es ciega, tiene límites. Por eso creo que si uno, algunos o todos los comisionados hubieran considerado que el encargo presidencial los rebasaba, podía declinarlo e incluso pedir la baja si lo hubieran considerado ilegal o que atentaba contra su dignidad.

Pienso, sobre todo, en el general Javier Flórez, cabeza del grupo, tropero, conocedor de las Farc, con una hoja de vida cuajada de éxitos operativos, reconocimientos y medallas. Que los uribistas consideren que un militar de sus quilates va como un borrego a La Habana, es una ofensa. Poner sus conocimientos y su experiencia al servicio de hacer realidad la consigna según la cual “la paz es la victoria”, lo honra, como honra a sus colegas de misión y a las FF.AA.

“La paz se hará el día que el gobierno autorice al mando militar para hacer la paz, o hacer la guerra…”, dice el general Landazábal en la entrevista citada. Todo indica que es la hora de la paz.

 

 

 

* Medina, Medófilo, Análisis Político, U. Nacional (39, enero-abril de 2000, pp.83-94)

513767

2014-08-30T21:00:00-05:00

column

2014-08-30T21:01:08-05:00

ee-admin

none

Así en la paz como en la guerra

32

3700

3732

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Elvira Samper

Más violencia no destraba el proceso de paz

¿Quién le teme a Vargas Lleras?

Un abismo entre obispos

Fiscal desbocado