Por: Fernando Toledo

Así se hace historia

Marcelino Menéndez y Pelayo, el erudito español, dijo de Bogotá que era “la Atenas suramericana”.

Se refería a la pléyade de poetas y de literatos que había aquí a finales del sigo XIX, sin saber que la cultura estaba limitada a las tertulias de salón o a la visita muy esporádica de alguna compañía escénica. Por supuesto, la figuración en el mapa internacional de la cultura ni siquiera se imaginaba y hasta parecía un sueño surrealista.

En un golpe de talento, de nuevo Osorio, ahora director del Teatro Santo Domingo, y su equipo, concibieron, en los años nones y en la misma época del Iberoamericano, que se realiza en los años pares, un festival de música cuya primera edición dedicada a Beethoven dejó con la boca abierta: boletería agotada, cerca de sesenta funciones en once salas donde, además de las locales, se presentaron orquesta de quilates, como la Filarmónica de Hungría y la Sinfonía de Rotterdam; conjuntos de cámara de alto vuelo y solistas ya legendarios como, entre otros, la pianista japonesa Momo Kodama, reconocida por sus versiones de Messiaen y Debussy; la violinista rusa Viktoria Mullova, estrella de uno de los sellos discográficos más serios del mundo, o el pianista Boris Berezovsky, también ruso e invitado habitual de grandes orquestas.

Más allá de los momentos de infinito placer que les depararon los programas a más de 50.000 personas, de un cubrimiento que llegó a las clases menos favorecidas con eventos gratuitos, del impacto sobre la gente joven y del aire de esa Atenas imaginada de que disfrutó la capital por unos días, el hecho de que Bogotá se consolide como un destino musical de alto calibre y de que aparezca en los itinerarios eruditos, es el fruto más trascendental del festival. Artículos destacados en periódicos tan importantes como El País de Madrid, o en diarios de Los Ángeles, México, Buenos Aires y otras grandes ciudades, y la presencia de comentaristas de varios países, contribuyen a generar una ubicación que impugna la banalidad de la noticia amarillista o la eterna reiteración de una guerra que, dicho sea de paso, sólo terminará cuando, entre otros puntos, se entienda que la auténtica democracia se enlaza con el acceso generalizado a la civilización. 

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