El impacto humanitario del uso de minas y artefactos explosivos

hace 1 hora
Por: Arturo Guerrero

Así se maquinó la polarización

La garrotera posterior a la guerra se destapó en la noche del plebiscito, hace más de año y medio. Votando “emberracada”, la mitad de los participantes se envalentonó con el triunfo del No. La otra mitad, en contraste, se achicopaló. Esa fue su perdición.

A partir de ese golpe, la extrema derecha cogió la sartén por el mango. No ha cesado de restregar, en la cara del país y el mundo, la sartén y el mango por parejo. Los perdedores del Sí agacharon la cabeza, a pesar de que eran seis millones —la misma cantidad del otro bando— y de que fueron derrotados por escuálidas 50.000 papeletas. 

El segundo directo a la mandíbula ocurrió luego de que Gobierno y guerrilla aceptaron modificar su Acuerdo, al tenor de casi todas las observaciones del No. A estos no les bastó. Gritaron “¡Conejo!”, “La paz sí pero no así”, “Entregaron el país”, “No nos comeremos esos sapos”.

Aprovechando el aturdimiento de los protagonistas de la paz, los del No martillaron sobre la mente del país para demoler los acuerdos de La Habana. Ladraron que los iban a volver trizas.

Nadie tuvo la habilidad de defender la colosal paz firmada. Los seis millones del Sí entraron en desconcierto, los burócratas le pusieron caspa y corbata al cumplimiento de lo pactado, la guerrillerada pagó escondederos a peso, los abstencionistas de siempre tiritaron de susto.

Una parte de los alarmados buscó refugio en el pasado. Al fin y al cabo las momias y los títeres centenarios habían sembrado la conspiración descrita, de modo que sus cifras en las consultas interpartidistas del 11 de marzo fueron una cosecha.

Nuevamente inflan estos resultados. Suman y cacarean sus seis millones de votos, como si muchos de estos no hubieran sido puestos por gente de otros partidos que quisieron influir hacia la escogencia de la candidata menos pelele. De inmediato logran otra jugada maestra: encaramar en las encuestas al que puso el caudillo.

Este lance resulta ser carambola, moñona. Otra parte de los ciudadanos espantados, los más pobres, los politizados, los jóvenes, cierran filas en torno de un líder forjado en la elocuencia de balcón y acunado en los moldes iconoclastas y dicotómicos del XIX.

El plato está servido. La sociedad está partida fervientemente entre extremos que mutuamente se acusan: paracos, castrochavistas, coscorrones, mamertos. Todos meten miedo. Y borran del mapa las opciones intermedias. O se está con el orden, o se está con el pueblo. 

 Desaparecido el espanto de la guerrilla mayor, que eligió presidentes durante medio siglo, se acaba de fabricar otro monigote. El propósito es enardecer las venas, poner la piel de gallina. Los extremos no conquistan si no acuden al temor.

Así nos tienen, cuando hoy falta un mes aritmético para el Día D. Como se ve en el anterior recuento desde octubre de 2016, la polarización que encarniza a los colombianos ha sido una construcción, un envenenamiento concienzudo. La historia del futuro hablará de ella como de una campaña instaurada para aniquilar la perspectiva política de los abrazos.

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