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hace 5 horas
Por: Klaus Ziegler

Astrólogos

Los astrólogos creen que la configuración de los astros en el momento del nacimiento determina el carácter y destino de cada persona.

Es sorprendente que una superstición tan antigua como la predicción del futuro mediante el examen de las vísceras de las aves, tenga millones de seguidores, entre los que se cuentan empresarios y jefes de estado. Mitterrand consultó a la astróloga francesa Elizabeth Teissier antes de enviar tropas a la Guerra del Golfo y Ronald Reagan dejaba que su astrólogo de cabecera, John Quigley, fijara las fechas de las reuniones importantes.

En Colombia, la crema y nata de la clase política ha tenido a Mauricio Puerta como astrólogo de cabecera, el mismo que predijo que Serpa sería presidente, y quien llegó a tener su propio programa de televisión patrocinado con el dinero de ese negocio fraudulento que es la astrología. En uno de sus programas, Puerta invitó al entonces alcalde de Bogotá, Antanas Mockus.

Después de ingresar en su portátil los datos de la fecha y hora del nacimiento del alcalde, Puerta concluyó la perogrullada de que el “carácter guerrero” de Mockus se explicaba por encontrarse Marte (dios de la guerra) en el sector 10 en el momento de su nacimiento. Pero no se detuvo ahí: aseguró que la carta astral también se les puede hacer a países y ciudades, y que “Bogotá era Leo, y como Mockus era Aries, se iba a sentir en su elemento, ya que Aries es la chispa y Leo la llama”, una tontería que la astrología comparte con la llamada “teoría de las signaturas”.

De allí que el solo nombre de la constelación sea determinante de los rasgos del sujeto: los nacidos bajo el signo de Libra (balanza) son equilibrados, en tanto que los de Escorpión son violentos, y los de Leo, por su lado, son decididos y valientes. Los astrólogos, como tantos otros charlatanes de la Nueva Era, son en su mayoría negociantes desvergonzados que se aprovechan de la desesperanza y credulidad de muchas almas simples.

Hace unos años, dos empresas de Florida fueron demandadas por prometer visiones futuristas sobre asuntos de amor y dinero. Los clientes llamaban a un número gratuito del que eran dirigidos a otro número, en el que se cobraban 4,99 dólares por minuto. Cerca de seis millones de personas cayeron en la trampa y terminaron pagando un promedio de 60 dólares por llamada. Tras una sentencia judicial, las empresas fueron obligadas a pagar una multa de 5 millones de dólares y cerca de 500 por resarcimientos.

Multas ejemplarizantes como esta hacen falta en medios como el nuestro donde pululan este tipo de fraudes.

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