Por: Diana Castro Benetti

Atadura

Parece fácil estirarse sobre el suelo.

Una postura de relajación y profundo descanso que requiere pocas acrobacias corporales y su técnica no va más allá de mantener los brazos a los lados, la espalda bien descansada, las piernas sueltas, la cabeza sin tensión, el mentón ligeramente levantado, las nalgas pegadas al suelo y los ojos cerrados.

Savasana o la postura del cadáver, poco tiene que ver con las contorsiones o con las exigencias de ritmos complejos de estructuras, órganos y sistemas. Sin embargo, quedarse boca arriba por algunos minutos tiene su maña. Ahí estirados sin prisa y sin afanes se aceleran los pensamientos, las emociones y las angustias. Pequeños diablillos que toman forma en la quietud para darse su importancia y, en últimas, complejizar hasta el suspiro.

Estar en Savasana es extraño. Mientras el cuerpo descansa, se observa el movimiento de una mente que se ata a lo efímero y que no olvida las inquietudes del pasado. Pensamientos y emociones que buscan por todos los medios amarrarse a las ilusiones de un futuro imaginado o se regodean en el dolor o placer de todo aquello que ya no puede ser. Unos y otros revolotean en los valles y picos del único cuerpo que tenemos.

Pero el efecto más exótico de estar estirado por unos minutos sin otra exigencia que una respiración sencilla y ligera, es evidenciar el tiempo. Tendidos con los ojos cerrados es comprender que placeres, expectativas, ilusiones, recuerdos, memorias, intenciones existen porque nosotros le damos forma o porque sobreviven en algún lugar entre el aquí y el allá.

Con el simple acto de estar boca arriba surgen las brechas de tiempos y espacios donde dejamos de ser lo que hemos sido ni seremos aquello que quisiéramos ser. Estas rendijas son como burbujas vestidas de lo imposible, libres de acciones y designios. Estar boca arriba es hacerle el quite al destino y dejar que corra a su antojo, es soltar lo inútil y amarrarse a la presencia de la existencia. Es celebrar que la infinitud nos hace únicos en el instante de la última y única atadura.

otro.itinerario@gmail.com

 

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