Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Atención a la prosa

LO ADMITO: TEMAS COMO EL DE LAS regalías no son particularmente sexis.

No compiten ni con las frivolidades ni con los horrores; ni con las visitas de Armando Benedetti a Chávez, ni con las secuelas combinadas de conflicto, narco y ocho años de brutal y deletéreo uribato. A propósito, como Juan Lozano no quiere olvidarse de este “legado”, sería bueno que el Inpec le dé carta abierta para entrar a la Picota, cualquier día, las 24 horas. Tiene ya tanta gente para visitar, y me temo que es sólo el comienzo… Pero está visto: desde el punto de vista taquillero las regalías ni siquiera derrotan a la paradójica, pero banal, falta de olfato de Lozano.

Es en estas cositas grises, aparentemente aburridas, que constituyen la prosa del Estado, donde se hacen por lo regular las apuestas realmente grandes. Basta con que el lector ponga dos cosas juntas. Primero, la minería es un importante rubro de la economía nacional, con un peso significativo en el producto interno bruto. Es además un sector muy dinámico, en el que hay grandes expectativas futuras. Segundo, los diseños institucionales que finalmente se adoptaron en el país le dieron el manejo de esas rentas a los eslabones más débiles del Estado. El resultado concreto de esto es que un país como el nuestro —de desarrollo medio bajo—, desesperadamente necesitado de capital y de inversión social, ha dilapidado de la manera más aterradora una cantidad enorme de recursos. El balance de lo malgastado (intuyo que todavía más por ineficiencia que por corrupción) está aún por hacerse.

Se han utilizado dos argumentos para oponerse a la reforma que debería permitir superar el manejo localista de las regalías mineras. El primero es que también existe la corrupción a nivel central. Por supuesto que sí. Pero el problema no es sólo la corrupción; es más generalmente la calidad de la regulación y del control sobre lo público. Nadie serio será capaz de sostener sin sonrojarse que es tan fácil capturar el Estado a nivel central, o en las grandes ciudades, donde en todo caso existen mercado, Estado, opinión pública, que en territorios devastados por la violencia, con precaria infra-estructura y una burocracia desmantelada y a menudo indefensa ante la presión de poderes locales a menudo articulados con aparatos armados y el narcotráfico. Son dos mundos. El segundo es que una reforma significa un golpe a los pobres en los territorios más débiles. Me gustaría que los que sostienen este argumento exhibieran los muchos ejemplos de mejora sustancial del nivel de vida de los pobres en el actual esquema. Si éste se ha caracterizado por algo es por su impotencia en términos de desarrollo y redistribución.

Cierto: el país ya no cabe en el viejo centralismo. Pero dispersar recursos claves a través de mecanismos que garantizan la catástrofe regulatoria tampoco es una opción viable. Las regiones que albergan recursos minerales ganarían mucho más a través de mecanismos innovadores y controlables (proyectos nacionales que garanticen una inversión sostenida en capital humano en esas regiones, por ejemplo) que financiando cientos de proyecticos (la piscina de olas aquí, el puente sin río allá) que no dejan nada.

Las sociedades maduras le paran más bolas a la prosa que a la poesía de la vida pública. Ojo a las regalías. No dejemos que se sigan perdiendo.

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