Por: Tulio Elí Chinchilla

Atentado y desconfianza

Además de la pena por las víctimas de Oslo, las apacibles sociedades nórdicas soportan hoy, como entristecedor efecto, la erosión de la confianza social.

Algunas voces ciudadanas han lamentado la pérdida de esa sensación de tranquilidad que tradicionalmente dimanaba del uniforme policial —policía desprovista de armas— en la vida cotidiana noruega. Mucha tristeza les da que el distintivo de una institución tutelar estimada tenga que asociarse también a la posibilidad de sufrir un crimen bárbaro.

La confianza social constituye el verdadero pegamento de la convivencia armónica, rasgo de identidad de las sociedades bien ordenadas y con altos índices de calidad de vida. Existe confianza social cuando no se sospecha del desconocido y se espera lo mejor de los conocidos. Es la presunción de buena fe, principio axial de todas las relaciones civiles, sin la cual viviríamos en la miserable condición hobbesiana de guerra de todos contra todos, una jauría de lobos destrozándose entre sí.

También la pacífica Suecia sufrió en 1986 un brutal impacto cuando el primer ministro, Olof Palme, fue asesinado una tranquila noche mientras caminaba de regreso a casa, como cualquier ciudadano raso, sin seguridad alguna, después de relajarse un poco en el cine.

También a nuestro modo, un día perdimos aquella confianza social condensada en la vieja práctica solidaria de los conductores en carretera —camioneros, volqueteros, conductores de automóviles— de “recoger” viajeros campesinos y acercarlos gratuitamente hasta sus sitios de destino. La desconfianza y la sospecha han reemplazado la hospitalidad, que en los campos nunca le negaba un plato de fríjoles y aguapanela al forastero.

Es inmedible la ruinosa pérdida de fe que siembra en los feligreses un solo acto de pederastia, cometido por quien viste un hábito. Ni se diga del efecto desmoralizante de cada arremetida contra el erario: les sirve en bandeja de plata los mejores argumentos a los partidarios de la privatización de servicios públicos, da fundados motivos al desaliento de los ciudadanos tributantes.

Para restablecer la confianza social perdida es modesto el aporte de la acción retributiva de la justicia y la reparación a la víctima. Tampoco las reacciones ciudadanas y “respuestas” oficiales de paranoia pública (controles exhaustivos, draconianas medidas de prevención) logran reconstruir el clima de confianza colectiva. El daño está consumado: “no puedes fiarte de quien al menos una vez te ha engañado”, aconsejaba Descartes al ponernos en guardia con nuestros sentidos. Es el efecto devastador de la mentira, la infidelidad o la traición en el tejido social. Es la entropía social, con irreversibilidad garantizada.

La investigación social puede ayudar en la búsqueda de alguna respuesta esperanzadora a las acuciantes preguntas: ¿Cómo restaurar la confianza social arrasada en cada acto de ilegalidad? ¿Qué mensaje enviar al ciudadano atemorizado, para devolverle la fe en el vecino y, ante todo, en el desconocido? Las soluciones de ética social pueden resultar a veces mejores que las del derecho, las cuales comportan, casi inevitablemente, el recorte de ámbitos de libertad individual.

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