Por: Arlene B. Tickner

Atracción fatal

Desde la masacre de la primaria de Sandy Hook, en 2012, ha habido alrededor de 239 tiroteos en colegios e universidades estadounidenses en los que han muerto 138 personas y han resultado heridas otras 438. Es decir, un promedio de cinco balaceras al mes tan sólo en el sector educativo, sin tener de presente las que ocurren en otros espacios cotidianos, como conciertos, centros comerciales o iglesias. Más estadounidenses han fallecido en los últimos 50 años por homicidios, accidentes y suicidios provocados por armas que todos los muertos en guerra. Según Naciones Unidas, las tasas de homicidio en Estados Unidos son seis veces mayores que en Canadá, siete que en Suecia y 16 que en Alemania, siendo también el de mayor porte individual. Con 4,2 % de la población mundial, posee el 42 % de sus armas. De allí que no debe sorprender que hay 14 veces más probabilidad de que un niño muera a causa de ellas que en cualquier otro país desarrollado del globo (mayor si es afroamericano).

Pese a que la investigación empírica existente ha comprobado que hay un vínculo estrecho entre el porte y la violencia de las armas, además de demostrar que la adopción de controles modestos reduciría sustancialmente las tasas de mortalidad, la atracción fatal de los estadounidenses por las armas sigue siendo fuente de inercia. Aunque favorecen algunas medidas específicas de regulación, tales como la revisión de antecedentes y la prohibición de semiautomáticas, más de la mitad apoya la idea abstracta del derecho constitucional a portar y defenderse con armas (cuya relación con el militarismo, el racismo y la supremacía blanca es palpable). Aunado a esto, la Asociación Nacional del Rifle, que moviliza un alto porcentaje de los dueños de armas en Estados Unidos, ha hecho uso estratégico del dinero, el lobby en el Congreso y las tácticas del miedo para bloquear todo intento de reforma.

Así, el ritual acostumbrado luego de cada tiroteo escolar es la indignación, la protesta y el llamado a “hacer algo”, seguido por el estancamiento en el debate y el retorno a la “normalidad”, hasta que ocurra otra tragedia y comience un nuevo ciclo. Sin embargo, algo parece haber cambiado con la más reciente balacera hace un mes en Parkland, Florida. La controversia no sólo no se ha mermado sino que los mismos estudiantes han movilizado a jóvenes, padres y madres de familia, farándula, medios y políticos en todo el país con el dolor y la consigna de que “ya basta” como sus únicas armas. La historia está repleta de movimientos estudiantiles que cambiaron el curso de la historia. Por sólo nombrar algunos, Mayo del 68, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, las protestas prodemocracia de la plaza de Tiananmen y la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Más allá de la solidaridad profunda que están cosechando estos colegiales —muchos ni siquiera adolescentes, la mayoría sin el derecho al voto y, como en los tiempos de la Guerra Fría, con visiones de mundo corrompidas por simulacros de tiroteo y encierro desde temprana edad en la escuela—, el ruido que están haciendo en el debate estadounidense sobre las armas (y en un año electoral crucial) es esperanzador.

 

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