Por: Juan David Correa Ulloa

Atracciones mexicanas

Juan Villoro es uno de mis escritores preferidos. He leído cada uno de sus libros con especial devoción: su escritura narrativa está armada sobre los ecos de los aforismos de Lichtenberg, a quien tradujo hace años.

Arrecife, su más reciente novela, está escrita de la misma manera de siempre: Villoro cree en que el estilo es el hombre y no deja nada al azar. Cuenta la historia que en una playa de Kukulcán, un gringo veterano de Vietnam instaló un hotel devenido, gracias a Mario Müller —un descendiente de suizos, excantante del grupo de rock Los Extraditables—, en uno de los destinos preferidos de los turistas extremos. Cientos de personas llegan al paraíso perdido buscando la experiencia del terror como única posibilidad de diversión. Así, entre dramatizaciones de secuestros; grupos guerrilleros disfrazados; animales ponzoñosos; buceo de alto riesgo, y un sinnúmero de “atracciones” perturbadoras, La Pirámide es el primer bastión de una nueva manera del turismo internacional.

A ese hotel playero ha llegado hace unos meses Tony Góngora, otro miembro de Los Extraditables, después de un secuestro alucinógeno de años, que lo ha dejado sin memoria. Talentoso bajista, dueño de un oído capaz de musicalizar acuarios, Tony es la voz de la trama: en La Pirámide ha aparecido asesinado Ginger Oldenville, uno de los instructores de buceo, con un arpón en el pecho. De ahí en adelante, lo que prometía ser una novela sobre la melancólica manera que tienen los hombres de seguir siendo amigos a pesar de todo, se convierte en una suerte de thriller con demasiados estereotipos.

Seguí leyendo la novela más allá de su trama porque, insisto, la escritura de Villoro es hipnótica: sus personajes dicen cosas como “La vida dura más que el placer”, o “La Pirámide ha sido mi mayor proyecto de rock”; sus líneas lo mantienen a uno despierto así los meandros de la intriga no sean muy interesantes. No sé por qué, pero Arrecife, sin el cadáver y la investigación, hubiera sido la metáfora perfecta de un país que asiste a la decapitación todas las mañanas, ese “jardín del ocio con resignada repugnancia: una Sodoma con piña colada, una Disneylandia con herpes, un Vietnam con room service”.

Arrecife, Juan Villoro, [email protected]

 

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