Por: Juan Carlos Gómez

AT&T + Time Warner; en veremos

“El futuro del móvil es el video y el futuro del video es el móvil.” Esta frase del presidente de AT&T ambientó en octubre del año pasado el anunció de la intensión de absorber Time Warner, una transacción cuyo valor alcanzaría los 85 mil millones de dólares y le daría a AT&T el control de CNN, Warner Bros., HBO, Cartoon Networks, TNT, TBS y el acceso al archivo de películas como Harry Potter y series como Game of Thrones. 

AT&T, además de proveedor de internet fijo y móvil, controla desde 2015 a Directv. Así, con la adquisición de Time Warner, AT&T tendría un poderoso arsenal de programación para competirle a Netflix, Hulu y otras ofertas de contenido audiovisual sobre internet que cada vez ganan más mercado y cambiaron para siempre el negocio de la televisión.

Un año después, la integración vertical AT&T y Time Warner sigue en veremos, pendiente de la aprobación de las autoridades en Estados Unidos, frente a las consecuencias que tendría esa operación en la competencia. Se oponen algunos congresistas, competidores y grupos de consumidores, alegando que se crearía un gigante de provisión de internet, noticias y entretenimiento con inmenso poder de mercado, lo cual, según ellos, generaría abusos, como un aumento de precios y la discriminación en el acceso de terceros al apetecido contenido de Time Warner. Más allá de las objeciones económicas y técnicas, el negocio también se puede embolatar por espurias razones políticas: el odio de Trump a CNN.

En 2011, la megafusión de Comcast con NBC ya había conmocionado a la industria de medios, internet y entretenimiento. Ahora se anuncia que Rupert Murdoch y sus hijos están pensando en vender 20th Century Fox —su estudio de películas— y su participación en Sky. Según algunos analistas, el adquirente podría ser Disney, y esas ventas serían el reconocimiento por parte del imperio Murdoch de que no son lo suficientemente grandes para competir en el mundo del entretenimiento con los gigantes globales tecnológicos.

Con lo que está pasando en el mundo, resulta aún más incomprensible en Colombia el alcance minúsculo del proyecto de ley de convergencia audiovisual que presentó recientemente el Gobierno.

 

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