Por: Columnista invitado

Aunque la muerte nos pise los talones

Después de ver cómo la depresión sigue cobrando vidas (tres suicidios la semana pasada), después de una masacre sin derecho a existir (los cuatro niños asesinados en Florencia, Caquetá), y después de una impresionante exhumación (el posible hallazgo de 62 cuerpos, enterrados en una fosa común, en Bocas de Satinga), queda muy difícil pensar en la manera cómo va a funcionar la reparación social en nuestro país, sin embargo, no es descabellado pensar en un clima distinto para Colombia.

 Y es que el concepto de reparación no se debe circunscribir únicamente a las secuelas del conflicto armado, sino que se debe extender a todos los espacios de la sociedad, incluyendo los de tradicional composición (educación, religión, negocios, política, etc..), así como los que están ganando un nuevo espacio en la coyuntura de la modernidad (derechos de la comunidad LGTB, drogadicción como política de salud pública, etc..). Sin duda, Colombia entera debe ser reparada.

Apesar de ello, nuestro país vive, en estos momentos, una etapa de transición, que le permite asumir su historia con responsabilidad, dejando atrás los ostracismos y aboliendo de su respiración la manipulación y el ventajismo.

Basta mirar los titulares de la semana anterior para demostrar lo intrusivo de esas tres últimas palabras: es ostracismo creer que las personas pueden solas con su vida y no es necesario invertir en su acompañamiento espiritual o personal -la noticia de un suicidio es una devastación tanto personal como colectiva, que nos recuerda la pregunta sobre cuáles son nuestros grandes fracasos como sociedad-; es manipulación creer que la verdad hace parte de un montaje el cual se puede dilatar indefinidamente -si hubo muerte, asesinato, desaparición, maltrato, tarde o temprano, así sea por una ingenuidad, la verdad, literalmente, será desenterrada-; es ventajismo creer que las víctimas deben ser segmentadas, parceladas, haciendo pensar que unas son más importantes que otras -los gremios y las agrupaciones alrededor de las derechos humanos, en lugar de tratar de adelantar su beneficio, deberían entender a las víctimas como seres humanos con la necesidad de reconstruir su vida, más allá de su profesión, raza, creencia o militancia-.

El paso a la modernidad se da en una sociedad que ha aprendido a reconocerse cambiada, transformada, en haberse concientizado de que sus centros se han desplazado y de ese proceso se ha logrado el beneficio de la polaridad, de la diferencia. La búsqueda de la tercera opción es un remanente que dignifica al ser humano.

Por eso, aunque no con la bulla del éxito, es un signo de transformación el que exista en nuestra sociedad imputación de cargos por discriminación (caso de Sergio Urrego y las directivas de su colegio); por su parte, aunque 10 años después, también es un éxito que los entes investigativos tengan hallazgos de exhumación, todo gracias al rastreo de unas pistas aparentemente insignificantes; y por último, con la importancia de comprobar varios secretos a voces, la entrega de Maria del Pilar Hurtado es un buen signo de confianza en la justicia, así como el gesto de entender que al país no se le puede enredar la pita.

Con todos estos antecedentes, no es imposible pensar en un clima distinto para colombia, a pesar de que la muerte nos siga pisando los talones.

Por: Andrey Porras

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