Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Australia, entre dos poderes

Las consecuencias del cambio se hacen perceptibles lenta pero implacablemente. El puerto griego de Pires, adquirido hace poco por Pekín para introducir en el mercado europeo miles de contenedores provenientes de Shanghai, contrasta con el repliegue de los EE. UU. y su abandono progresivo de las responsabilidades institucionales que garantizaron su liderazgo mundial.

Australia, el aliado incondicional con el que Washington contó en tiempos de guerra y paz, está reexaminando los principios que guiaron su política externa y sus relaciones comerciales con el resto del Asia-Pacífico. Si el retiro de los EE. UU. del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica a principios de este año fue una campanada de alerta para la cúpula gubernamental de Camberra, la necesidad de reacomodarse a una nueva realidad interna y regional se estaba cavilando desde hace una década, cuando China se convirtió en el principal destino de las exportaciones de la isla continental.

Cerca del 60 % del comercio exportador australiano circula hacia el norte, por el mar de China meridional. La circulación de personas, capitales y mercancías en sentido contrario también ha asumido cantidades colosales. Para la agencia Bloomberg, después de la firma del acuerdo de libre comercio entre los dos países en el 2015, Australia se convirtió en el país desarrollado más dependiente de China. 

Esta nueva realidad económica se refleja en la demografía, el turismo, la educación y la política: de los 24 millones de habitantes que posee Australia, 900.000 son de origen chino y más de la mitad nació dentro de las fronteras del gigante asiático. El turismo australiano ha florecido gracias a la llegada masiva de ciudadanos chinos: según Le Monde, sólo en el 2015 un millón de chinos visitaron Australia, lo que representó un incremento del 22 % con respecto al 2014. A esto hay que agregar que los estudiantes chinos son la principal comunidad de estudiantes extranjeros de las universidades privadas australianas, y que en las carreras vinculadas al sector comercial son incluso más numerosos que los australianos.

En la política interna, el peso de las donaciones privadas sobre el sistema de partidos ha generado inquietud entre los propios australianos y Washington por el discreto ejercicio de un soft power con acento mandarín. El año pasado, empresas privadas próximas del Estado chino donaron cerca de 5,5 millones de dólares tanto a laboristas como a liberales, que se destinaron a campañas electorales y gastos de sostenimiento de los dos partidos. Consultado al respecto en un foro realizado hace pocas semanas en el Council for International Relations, un diplomático estadounidense confesó que, si bien su gobierno sospechaba lo que estaba sucediendo, sólo recientemente tomó conciencia de la magnitud del fenómeno.

La profundización de la relación comercial con China no oscurece los vínculos históricos ni la comunidad de valores, lengua e intereses que existe entre australianos y estadounidenses. Desde Camberra se han proferido vetos contra empresas chinas que deseaban adquirir empresas australianas de electricidad y transporte, pero eso ha tenido un alto costo político y varios políticos australianos prefieren que ese tipo de escenarios no continúen repitiéndose. 

China, principal partidario económico de Australia, es el adversario global más importante de los EE. UU., que hasta ahora fue el principal aliado político de la isla continente. Tarde o temprano Camberra tendrá que escoger y la diplomacia errática y torpe del presidente Trump va a facilitar la tarea. 

 

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