Por: Catalina Ruiz-Navarro

Autonomía reproductiva

La pastilla anticonceptiva, tan celebrada hoy en día, tiene una historia de racismo que es verdaderamente terrible. En 1942 se descubrió que en una especie de ñame de las selvas tropicales de Veracruz, México, hay una sustancia, la saponina, que sirve para hacer progesterona sintética. Cuando el equipo que estaba tratando de desarrollar la pastilla, conformado por la feminista Margaret Sanger, la bióloga Katherine McCormick, el experto en fertilidad John Rock y un científico brillante pero con pocos escrúpulos, Gregory Pincus (todos blancos), terminó de hacer pruebas exitosas en ratas y conejos, se enfrentaron al problema de buscar mujeres que quisieran someterse a las pruebas. Sin embargo, las mujeres no aceptaban someterse al estudio de forma voluntaria; ni siquiera un grupo de presas se atrevió a participar. Así que el cuarteto se fue a probar la pastilla en las mujeres racializadas de los barrios más pobres de Puerto Rico, sin contarles de los efectos secundarios, y hoy se sabe al menos de tres mujeres que murieron durante el estudio, sin que se sepa si hubo un vínculo con las pruebas de la pastilla. Más terrible aún, el discurso con el que se justificó un estudio tan poco ético fue el del “control de la natalidad”, que presume que ciertos grupos poblacionales no deben reproducirse por “el bien de la sociedad”. Esta macabra historia es razón suficiente para jamás volver a hablar de control poblacional, menos cuando quienes queremos que se “controlen” hacen parte de un grupo vulnerable.

Las políticas de Estado que pretenden controlar la autonomía reproductiva de las personas, sea a través de la esterilización forzada o negando el acceso a la anticoncepción y el derecho a un aborto seguro, es decir, la maternidad forzada, son formas de biopolítica que van en contra de los derechos humanos. Ni el Estado, ni ningún ciudadano o ciudadana, puede decirle a otro cuándo, cómo y en qué condiciones reproducirse. Lo que sí puede hacer el Estado es garantizarle a la población el acceso a métodos anticonceptivos de todo tipo (para que cada persona pueda escoger el que mejor se ajuste a su proyecto de vida) y cirugías de planificación familiar como la ligadura de trompas o la sencilla, ambulatoria, muchas veces reversible y siempre favorita vasectomía. Favorita porque tradicionalmente, y gracias al patriarcado, las personas con útero hemos llevado la carga de la anticoncepción, con pastillas hormonales que son intolerables para algunas y con cirugías invasivas como la ligadura de trompas. Esta es una responsabilidad de la que no podemos librarnos las personas con capacidad gestante, pues en nuestro cuerpo se viven las consecuencias de no planificar. Pero no es justo que las personas con pene, particularmente los hombres heterosexuales y cis, no se responsabilicen ni siquiera de cargar un condón y se nieguen a métodos como la vasectomía, aunque tengan clarísimo que no quieren ser padres. Y la razón principal es que la entienden como una vulneración a su masculinidad anacrónica, creen que la vasectomía los dejará impotentes, literal y metafóricamente (no es cierto), una idea machista que termina siendo más importante que la salud de las mujeres. Lo que les pedimos las feministas a los hombres no es que se hagan la vasectomía a la fuerza, sino que compartan la responsabilidad de la planificación.

Para las clases medias y populares, reproducirse nunca ha sido buena idea. Ni hace unos siglos, cuando no había antibióticos y la mortalidad infantil y la mortalidad materna en los partos eran altísimas, ni hoy, que hemos sobrepoblado el mundo y estamos abocados al cambio climático y a un sistema económico que avanza cada vez más rápido hacia la precarización de las condiciones de vida. Cualquier persona de clase media en Colombia que saque cuentas de cuánto le va a costar traer un hijo o hija al mundo tendrá que admitir que es un gasto irresponsable y quizás insostenible. Pero la gente, cuando tiene la opción de decidir reproducirse, no suele hacerlo porque sea “lo más racional”, sino por una multitud de razones que pertenecen al fuero interno de cada persona. Es decir, por razones que a nadie más le importan y que nadie tiene por qué juzgar. Y de la misma manera, nadie tiene que justificar racionalmente su deseo de procrear, porque tener una familia es un derecho fundamental.

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2019-07-11T01:00:11-05:00

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