Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Autonomistas e independentistas

Conciliar el respeto de la diversidad regional con la necesaria unidad del Estado nacional es uno de los grandes dilemas europeos.

Las disputas entre las regiones y los Estados se han exacerbado a tal punto que las reivindicaciones autonómicas se han convertido en afirmaciones de independencia. Si hasta hace algunos años las autonomías locales y regionales hacían parte de la evolución reciente de los nacionalismos, y en esa medida, de la cultura democrática de una Europa unificada después de las tragedias mundiales, los frenos a la descentralización y la escasa voluntad de negociación de los gobiernos han disparado el clamor independentista, con todo lo que ello implica para la retórica política y la visión de la historia.

Los autonomismos de Escocia y Cataluña no tenían una vocación independentista en sus orígenes. Lo que se buscaba era reformular el pacto político para cambiar los términos de la relación entre el Estado y sus territorios dándole más derechos a los últimos y restringiendo el poder del primero. Pero en los dos casos, y por circunstancias más electorales que estatales, la negativa gubernamental a la negociación condujo a la polarización y a la creación de una larga lista de agravios que polarizaron a las regiones e inflamaron el brío independentista. Por ahora el resultado no es la creación de nuevas naciones, pero sí una fractura entre el Estado y la región que ilumina el doble anclaje de la autoridad soberana sobre la nación y sobre el terruño.

¿Por qué la exigencia autonomista se ha transformado en reivindicación independentista? Sería absurdo no reconocer que el surgimiento de las naciones y de los nacionalismos tiene un aspecto bastante enigmático. Pero además de esa dosis mística y teológica de la que tanto depende la política, hay razones profanas como el rechazo de la ciudadanía a unos partidos tradicionales que funcionan como grandes maquinarias dinásticas, alejadas de la gente normal y que en los cuatro últimos años han encadenado escándalos de corrupción en los que nadie termina tras las rejas.  

El aumento de las reivindicaciones autonomistas ha encontrado un terreno fértil en la misma fragilidad del sistema democrático. Al abandonar la lucha armada, los independentistas europeos que llenaron de bombas a España y a Francia en los años 80 se convirtieron en portadores de proyectos políticos descentralizados que reivindicaban la cultura y la lengua. Esa reivindicación se ha convertido en una auténtica referencia política para un electorado exhausto con el elitismo y el clientelismo de las formaciones políticas seculares. Sucedió en Venecia y en Lombardía en el mes de octubre a través de dos referendos autonomistas, y acaba de suceder en Córcega, donde una coalición de autonomistas e independentistas ganó las elecciones regionales con una mayoría abrumadora. 

Pasar de un discurso autonomista a uno independentista es una cosa. Conquistar la independencia es algo muy diferente y la Europa actual pone preguntas importantes sobre la mesa: ¿en qué punto debe detenerse el proyecto federal europeo?, ¿puede haber independencias nacionales sin revoluciones políticas?, y, en fin, ¿puede un proceso independentista triunfante prescindir de la guerra y la violencia? En Cataluña, la aplicación del artículo 155 y la oposición más o menos generalizada de los independentistas catalanes a emplear la fuerza para obtener la independencia han contribuido a apaciguar los ánimos, pero no han solucionado el problema y dudo que las elecciones del 21 de diciembre puedan hacerlo. Ortega y Gasset decía que el problema catalán, como todos los problemas similares que han existido y existen en otras naciones, es uno que no se puede resolver, sino que sólo se puede sobrellevar.

Autonomistas e independentistas ilustran con creces una realidad difícil que no siempre estamos dispuestos a aceptar: que los Estados son unidades socialmente construidas que pueden expandirse, restringirse o fragmentarse. La legitimidad del Estado y de la región no son del todo incompatibles y los Estados modernos existen gracias a diversos arreglos institucionales que han permitido y continúan permitiendo esa dualidad.

Sin embargo, si los responsables políticos europeos y los altos funcionarios continúan rechazando sistemáticamente cualquier negociación que desconozca el problema de la doble legitimidad del Estado y la región, las demandas autonomistas terminaran convirtiéndose inevitablemente en exigencias de independencia.

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