Por: Ana María Cano Posada

Autoridad moral

UNO DE LOS MOTIVOS POR LOS CUAles la reelección es inadmisible, es porque el entorno de poder que completaría tres períodos con doce años de ejercicio, conseguiría que la corrupción se diera silvestre en niveles aún peores que ahora.

En medio de todo lo que se le señala al presidente Uribe, es tal vez su honradez personal lo que he creído que puede rescatarse, pero que es algo que ya a esta altura debe demostrarse. La autoridad, que es una condición fundamental en la que él ha cimentado sus dos mandatos, es, antes que cualquier otra, autoridad moral. Él, que cuando comenzaba a ser presidente hizo un referendo “contra la corrupción y la politiquería” (y que le fue negado por mal planteado). Él, que se comporta con los colombianos como un papá con sus “hijitos”, normativizando sobre el “gustico”, sobre la dosis personal, dando recomendaciones en los consejos comunales, defendiendo la responsabilidad que tenemos para con la “Patria”, es el indicado para sentar una doctrina ejemplar en cuanto a transparencia en el estado de sus bienes particulares para que la sigan todos sus subalternos.

El pensar en ampliar la duración del poder otro período más implica que no quede un resquicio de posibilidad de abuso que no explore la corrupción en todas sus denominaciones. Todos los que vienen desde hace siete años visitando cada esquina de este país, sabrán por dónde se están perdiendo y se pueden perder más, con el enriquecimiento ilícito, los recursos que se necesitan para atender a esta urgida nación. Por esto, el presidente Uribe, en lugar de mostrarse indignado por los señalamientos reiterados que se les han hecho a sus hijos Tomás y Jerónimo, y después de sortear entredichos con su empresa de artesanías, con la mencionada sociedad con DMG en el Body Channel, con supuestas propiedades en varias partes del país y por último con el abuso a través de información privilegiada al obtener en Mosquera, Cundinamarca, la valorización astronómica de unas tierras adquiridas por ellos y alguien más de su familia con la Zona Franca de Occidente, ha llegado la hora de que el Presidente muestre públicamente sus declaraciones de renta, abra de par en par los patrimonios, el suyo, el de sus hijos, de su esposa, de sus hermanos y de su cuñado, para que sean examinados al detalle y quede despejada una duda que comienza a cerrarse en torno a la pulcritud y honradez que creeríamos todavía atribuible a Álvaro Uribe, a pesar de sus demostraciones de incoherencia y de apego irracional al poder.

Que no se escude él para no hacer esta indispensable demostración de inocencia, en argumentos como los de sus ministros de Defensa, de Protección y hasta de Hacienda que, ante señalamientos graves como los falsos positivos, la ausencia de una política de empleo o la negación del efecto de la crisis económica mundial en Colombia, responden con un “no hagamos política con este tema” o hablan de seguridad democrática y confianza inversionista como si esgrimieran el mantra salvador (o la jaculatoria en este caso) que disimula cualquier responsabilidad suya en el asunto. Esta vez es la propia condición personal de intachable honradez de la que partió su enorme capital político lo que está en juego y por eso debe ejercer el papel paternal que automáticamente asume, para obligar a todo su círculo íntimo a exponer sus circunstancias económicas actuales y las que tenían en el momento de la primera posesión presidencial para poder esgrimir la autoridad moral, que es la única que puede apuntalar todas las otras autoridades a las que acude Uribe en su aspiración de presidente vitalicio de Colombia.

 

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