Por: Rafael Orduz

Autoritarismo, borregos y agresión

No hay autoritarismo y caudillismo sin servilismo.

Están presentes en la política de derecha e izquierda y también en otros ámbitos, incluido el empresarial.

Resulta lamentable el espectáculo que dan individuos que han sido ministros, congresistas o con pretensiones de intelectuales, que actúan, dentro de un proyecto político supuestamente democrático, con las mayores dosis de sumisión, incapaces de discrepar del caudillo.

Fuera de actuar como lo espera el rey del famoso cuento de Andersen (El nuevo traje del emperador), o sea, decir sí a todo lo que se cree complace al caudillo, una característica de buena parte de los seguidores de primera línea es la virulencia y agresividad frente a quienes defienden ideas diferentes a las de su proyecto político. Otra, la de su propio autoritarismo frente a quienes, en sus contextos políticos o laborales, les reportan. Sumisos hacia arriba y agresivos hacia otros, siempre y cuando no se trate del jefe.

Las manifestaciones más evidentes de esa enfermiza relación entre infalibles y borregos se dan cuando los primeros rompen las reglas de juego. Como acaba de ocurrir con la convención que sustituirá el mecanismo acordado, con bombos y platillos, de la consulta en marzo de 2014 del Uribe Centro Democrático. El método de designación del candidato determina quién será ungido por el gran líder. Es claro que otro Santos le resulta insoportable y si hay que arrasar con él alterando las reglas de juego, que Pachito se las arregle.

En lo cotidiano, la relación entre caudillos y servidores es la de la obediencia ciega, la misma que puede llevar a los exministros del Interior y de Salud, por extrema diligencia en la movilización de votos hacia la reelección, a la cárcel. O, como narran los subalternos de la entonces directora del DAS, a pesar de llegar agobiada de las reuniones de Palacio, a obedecer instrucciones que, pese a su ilegalidad, consideraba su deber. Y despliegue de autoridad frente a sus subalternos en el cumplimiento de la tarea.

En el autoritarismo extremo lo de menos es la orientación política. Hay autoritarios, con el correspondiente servilismo, en cualquier lado del espectro. Baste recordar la vigente epístola de Daniel García Peña de junio de 2012 (“Un déspota de izquierda, por ser de izquierda, no deja de ser déspota”).

Algunas empresas y corporaciones importantes no son ajenas al bullying de los jefes y al servilismo de parte de altos ejecutivos en cumplimiento de “agregar valor” a los negocios. Sofisticados ellos, le caminan con frecuencia a la obediencia ciega y prestan invaluables servicios que conducen a desastres como los de Interbolsa, el desplome del Space en Medellín, o la compra truculenta de predios en la altillanura. Conviven en ellos los altos salarios con la extrema sumisión a los jefes.

El respeto entre ciudadanos, independiente de su posición política y su lugar en las jerarquías de cualquier orden, es un reto vigente.

 

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