Por: William Ospina

Avanzar con los ojos abiertos

ALGO VA DEL TORPE Y SALVAJE REScate del Palacio de Justicia hace veintitrés años al impecable rescate de Íngrid Betancourt y sus compañeros esta semana en las selvas del Guaviare.

Nadie podrá negar que el gobierno del presidente Uribe ha logrado sus propósitos con inteligencia, con prudencia y casi se diría, con delicadeza, que es más de lo que se puede pedir en medio de los horrores de una guerra.

Pero por ello mismo es necesario declarar que lo único que hace posibles esos esfuerzos de las Fuerzas Armadas por lograr un operativo limpio y humanitario es el reclamo permanente de los luchadores de los Derechos Humanos, la vigilancia de los medios de comunicación, la maduración de una corriente de opinión que sabe que los ejércitos por sí mismos no se esmeran y no pueden esmerarse en obedecer a criterios de humanidad si no tienen la presión y la vigilancia de los otros sectores de la sociedad.

La vida militar es muy dura, y es necesario decir que el deber de la comunidad es hacerla más dura aún, imponiéndole unos criterios y unos valores que están muy lejos de lo que dicta el arduo ejercicio de la fuerza en la lucha con el delito. En todos los países civilizados no ha bastado lograr que la Fuerza Pública tenga el monopolio del uso de las armas, es grande el esfuerzo que debe hacerse por lograr que quienes tienen ese derecho se sometan a la ley, respeten la Constitución, se esfuercen porque sus campañas no sean sólo un triunfo militar sino un triunfo de la razón, de la justicia, de la civilización.

Alguien dirá que es aguar la fiesta hablar de estas cosas, pero no: lo único que nos permitirá avanzar por el camino de una democracia verdadera, en un país donde la democracia es tan imperfecta, es persistir en la exigencia, en la crítica y en el reclamo. Los enemigos de la democracia piensan que opinar, exigir, vigilar y poner condiciones es estorbar a los gobiernos y es molestar a las Fuerzas Armadas.

 Yo pienso, por el contrario, que es ayudarles. Si no existiera esa vigilancia, los que enfrentan al crimen pueden terminar pensando que no hay límites en su labor; si no existiera la crítica, los que gobiernan estarían siempre convencidos de que todo lo que hacen es justo, y terminarían convencidos de que no se equivocan nunca; si no existieran las instancias judiciales, que se atreven incluso a controlar a los más irreprochables prohombres de la patria, muy pronto la arbitrariedad daría al traste con toda civilización.

Hace casi un cuarto de siglo, la brutalidad de unos guerrilleros tuvo como correlato la brutalidad de unas fuerzas armadas que consideraron que cualquier instrumento era lícito para contrarrestar la toma del Palacio de Justicia, y todavía hoy estamos pagando las consecuencias.

En las últimas dos décadas la barbarie de los secuestradores provocó las oleadas de barbarie criminal de sus enemigos, los paramilitares, y ya nadie ignora que muchas veces miembros de las Fuerzas Armadas colaboraron en esas orgías de sangre y en esos amaneceres de horror que llenaron de cadáveres los ríos, que llenaron de fosas comunes el territorio y que llenaron de vergüenza a nuestra generación. Nuestros hijos deberán agradecer que la sociedad haya reaccionado y haya empezado a exigir eficacia pero también limpieza, valor pero también legalidad, combate al crimen pero también respeto por la decencia y por la humanidad.

Nada ha terminado y nada terminará. En vano hay quienes sueñan que llegará el día del triunfo en que ya no haya que tener los ojos abiertos y la crítica a flor de labios. La democracia es algo que se construye cada día, y no se construye con complicidades, ni con engaños, ni con adulaciones. Lo que está en juego es el destino de una sociedad que merece vivir, que merece vivir en paz, que cada día trabaja, respeta la ley, lucha por su bienestar, y no puede estar a merced ni de la barbarie de los criminales ni de las arbitrariedades o las imprudencias de sus salvadores.

 También el actual gobierno ha aprendido. Algo va de este rescate impecable, admirable, no sólo heroico sino inteligente y ajustado a la ley, de otros intentos de rescate, mucho más improvisados y arrogantes, que terminaron en sangre y en luto para nuestros conciudadanos.

Qué bien que haya aprendido. Y qué bien que una parte de ese aprendizaje provenga de la vigilancia que ejercen los medios de comunicación, del desvelo de las familias, de la lucha de las víctimas, de los reclamos de los defensores de los Derechos Humanos, de los controles del sistema judicial, de la existencia de una justicia internacional. Si bien hay que reconocer sin mezquindades el trabajo paciente, disciplinado, arriesgado de las fuerzas militares y de su inteligencia, si bien hay que felicitar al Presidente y al Ministro de Defensa por su triunfo, nuestro deber es decirles que al realizar esos hechos tan extraordinarios, simplemente están cumpliendo su deber.

Porque su deber es, por su propia naturaleza, algo fuera de lo ordinario. Y no es poca cosa que la sociedad entera pueda decirles a los hombres y mujeres a quienes ha confiado el presupuesto, la toma de las decisiones, el uso de las armas y la vocería de la nación, que han cumplido, porque muy pocas veces en nuestra historia hemos podido decir, con el alma en los labios, que estamos orgullosos de lo que se ha hecho.

Esa circunstancia: ver a un gobierno esforzándose por corregir los errores de una larga tradición, a unas fuerzas armadas asumiendo con responsabilidad las duras tareas de la democracia, es algo tan digno de celebrar como la liberación de Íngrid Betancourt, de los tres norteamericanos y de los valientes soldados que afrontaron con tanta entereza estos años crueles en manos de una guerrilla inhumana y envilecida.

Al Gobierno y al Ejército Nacional, felicitaciones. A los liberados, bienvenidos a la libertad, bienvenidos a la lucha cotidiana por una democracia de la que puedan estar orgullosos nuestros hijos. Y a toda la sociedad colombiana: la clave de un futuro distinto es avanzar con los ojos abiertos.

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