Por: Lorenzo Madrigal

Avenida, calle de la Corrupción

SUGIERO QUE LA CALLE 26, DESTRUIda y convertida en atajos y montañas de tierra removida, lleve el nombre de Avenida, calle de la Corrupción.

Nombre que recordará lo ocurrido en su suelo y las ingentes sumas vueltas polvo en la contratación para adaptar la avenida al sistema de transporte univial y articulado. Como para que no vuelva a pasar, pero me pregunto si más tarde el trazado del metro no va a mirar de reojo a la tentadora 26 y querrá romper de nuevo la vía.

Las calles de la vieja Santa Fe, hoy barrio de La Candelaria, llevaron sonoros nombres muy dicientes, según hechos históricos o triviales relacionados con ellas: calle de la Cajita de Agua; calle del Suspiro; calle de la Agonía; calle de la Toma Vieja; calle del Pecado; calle de las Culebras.

La devoción por el barrio hizo que fueran colocados los nombres en plaquitas de losa. No sé bien qué suerte hayan corrido. La última ha sido la calle María Mercedes Carranza, donde está situada la Casa de Poesía Silva, que ella regentó, antes de imitar al poeta que dio nombre a la casa, suicidándose.

Así mismo el alcalde Peñalosa bautizó como Parque del Renacimiento el espacio de recreo, casi siempre cerrado, donde se desalojó a los más pobres de sus tumbas, en el costado occidental de la carrera 24. Tiene una chistosa estatua ecuestre de Fernando Botero, el escultor que hace reír, pero no quiere que lo llamen caricaturista. Lo suyo es arte puro, ha dicho mil veces, con orgullo rotundo.

Medellín, de lo que personalmente conozco, tuvo y tiene calles y carreras más conocidas por nombres que por números: Bomboná, Pichincha, Carabobo, Junín, La Playa, Palacé, Moore, Juan del Corral, Buenos Aires (o calle 49, por ejemplo) Calibío, donde Lorenzo vio su primera luz y pido perdón por la anécdota personal.

Destruida la casa-clínica del tío Giljota y la calle en general, fue construido un parque donde desembocaba Calibío, y en él se yerguen ahora (o mejor, se aplastan) unas cuantas gordas de Botero, para mal de mis pecados. Botero es un artista antioqueño, pero Botero no es Medellín.

La 26, una avenida capitalina de necesarísimo uso, ya no sólo como vía al aeropuerto, sino hacia numerosos barrios, funcionaba bien que mal con losas que duraron 40 años.

Se necesitó su amplio espacio central para la circulación del sistema articulado y fue Troya: el bombardeo al que se la sometió quedó a medias; los anticipos de obra se esfumaron y la sustitución del contratista fue costosísima. Corrupción de particulares y venalidad de funcionarios; la 26, por lo tanto, tiene mil méritos para un nuevo y sonoro nombre: Avenida, calle de la Corrupción.

Curiosidad. Durante el reciente reportaje de Caracol Radio, se le dejó decir al presidente que el desarrollo del país, en recursos de alimentación y bioenergéticos, sería fabuloso hacia 1950 ( ! ).

 

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