Por: Piedad Bonnett

Avianca y los viejos tiempos

Durante años Avianca fue una empresa que irrespetó y maltrató a sus pasajeros hasta el punto de que su competencia se hizo un lugar bajo el lema “Por el respeto”.

Una vez que pasó a manos del empresario brasileño Germán Efromovich, éste probó, contra todo pronóstico, que era posible sacar la compañía aérea de la quiebra y convertirla en una empresa próspera, con una flota de aviones envidiable y un buen servicio al cliente. Y los colombianos le estamos muy agradecidos: volvimos a creer en Avianca. Sin embargo, esa buena impresión puede estar llegando a su fin. Y para ilustrarlo, sólo narraré un episodio —pues sé que como este ha habido varios— y el lector juzgará por sí mismo.

El martes 24 de septiembre los viajeros del vuelo AV10 con destino a Madrid fuimos embarcados puntualmente a las nueve de la noche. Una hora y media después seguíamos dentro del avión sin que nadie nos diera explicación ninguna, el calor era insoportable y algunas personas empezaron a protestar y a quejarse de que los niños y algunos adultos tenían dificultad para respirar. Hacia las 11 nos informaron que había un problema con el aire acondicionado y nos hicieron bajar del avión. Durante ese tiempo nadie, ni por una vez, dijo que la empresa lamentaba el imprevisto ni ofreció excusas a los pasajeros. Ya para ese entonces muchos habían perdido sus conexiones y un tropel de gente indignada se arremolinó en torno al mostrador de la sala, como en los viejos tiempos, mientras unos empleados jóvenes e inexpertos miraban impertérritos al horizonte, pues no tenían nada que decir. A las 12 de la noche una persona anunció, sin más explicaciones, que el vuelo había sido cancelado y que, ya que habíamos abandonado el país, debíamos hacer proceso de inmigración. Nada sobre qué pasaría al día siguiente ni que pudiera orientar en algo a los viajeros de fuera de la ciudad. Pero como según Murphy cualquier situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar, tuvimos una segunda taza de maltrato: mientras unos 10 o 12 funcionarios del aeropuerto hablaban y se reían en grupitos, sólo dos de ellos —según sus jefes nadie más podía hacerlo— estampaban los sellos a aquella multitud de más de 200 personas, que llevaban ya un mínimo de seis horas en el aeropuerto, y entre las que se contaban personas que venían de largos viajes, padres que trataban de calmar a sus niños soñolientos y con hambre, y hasta una madre que iba a recoger el cadáver de su hijo. Ningún empleado del aeropuerto hablaba una palabra de inglés, así que a las preguntas ansiosas de los extranjeros contestaban con gestos de muévase muévase. Preguntando a los aseadores nocturnos llegué con unos ingleses a un mostrador donde me dieron una platica para el taxi, me dijeron con voz incierta que volviera al día siguiente “por ahí a las 10” y les anunciaron a ellos que parecía que no había suficientes hoteles. Daba pena. Era ya la una y media cuando dejé atrás al enorme grupo de extranjeros y salí a buscar un taxi legal rogando para que a los desorientados que tomaban los piratas que rondan en la parte de arriba no les hicieran el paseo millonario. Y preguntándome si estamos volviendo a las humillaciones de la antigua Avianca.

 

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