Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 41 mins
Por: Esteban Carlos Mejía

¡Ay, esas reinitas de belleza!

A MÍ, TODAS LAS REINAS DE BELLEza me parecen deliciosas. Si patinan con el jurado, me consuelo con su sex appeal.

Si fallan por las medidas ornamentales, me dejo hipnotizar por sus sonrisas. Nunca me quejo. Tengo, eso sí, mis preferidas: Odette de Crécy, Clawdia Chauchat, Molly Bloom, Susana Sanjuán, Remedios, la bella y/o la joven Pérez Nuix.

Odette de Crécy, la enamorada de Charles Swann, en En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, es una extraña preciosidad, a decir verdad. No parece fea, pero sí una belleza insignificante, nada provocadora: “una de esas mujeres como las que tiene todo el mundo, diferentes para cada cual y que son todo lo contrario de lo que demanda nuestra sensualidad”. Su perfil es muy forzado. Ojos hermosos y grandísimos, cutis harto frágil y pómulos salientes. Siempre tiene mal humor o pone mala cara. Y no es inteligente. Vulgar, aburrida, seductora, codiciable: se muere por lo chic, aunque su concepto de lo chic es muy distinto del de las gentes verdaderamente aristocráticas. Una mujer imperfecta, o sea, divina. La pasión de Swann por Odette está narrada en la segunda parte de Por el camino de Swann bajo el conveniente título de Unos amores de Swann, perfecta semblanza de los suplicios de la posesión carnal. O si no que lo diga el propio Swann: “¡Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!”.

Clawdia Chauchat, de la que Hans Castorp se apasiona en La montaña mágica, de Thomas Mann, es una mujer más bien joven y con el cabello de un rubio rojizo peinado en trenzas arrolladas en torno de la cabeza. Estatura armoniosa y agradable. Piernas largas, no muy ancha de caderas, pómulos dilatados y ojos pequeños. Anda sin hacer ruido, insólita y furtiva, con la cabeza inclinada hacia delante. Las manos son bastante anchas, algo pueriles y primitivas, con dedos cortos, de colegiala. Ignora la manicura: se muerde las uñas, según parece. Y más maluco aún: llega tarde y tira la puerta al entrar… o al salir, no se sabe qué será peor. Hans Castorp tiene una mancha húmeda en un pulmón y la temperatura le sube hasta 39° a causa de su amor. El diagnóstico de Clawdia es menos sencillo: obturación tuberculosa de los vasos de la linfa, por lo cual él le suplica que le regale su “retrato interior”, o sea, la pequeña radiografía de los pulmones que, como todos los enfermos del Sanatorium International Berghoff, ella carga consigo. Se dan besos rusos, de los que no se sabe si son piadosos o carnales. Él le declara su amor la Noche de Walpurgis: “¡Déjame tocar devotamente con mi boca la arteria femoralis que late en el fondo de tus muslos! ¡Déjame sentir la exhalación de tus poros! ¡Déjame morir con mis labios pegados a los tuyos!”. La respuesta de ella es paradigmática, de pura reinita: “Me parece que eres incorregible. No sé si tienes talento, pero seguramente estás lleno de malicia”. ¡Ni Miss Universe, carajo!

 Rabito de paja. “Os pedimos una pequeña y grande cosa: que las luchas políticas se desarrollen por los cauces de la constitucionalidad”: Oración por la paz, Jorge Eliécer Gaitán, 1948.

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