Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¡Ay, la euforia colombiana!

PARECE QUE ESTAMOS DESTINAdos a que en estas décadas nuestros guayabos sean más fuertes todavía que nuestras borracheras. ¿Se acuerdan de las consecuencias del 5-0 que alguna vez le propinamos a la selección argentina de fútbol? La celebración costó varios muertos y –en el plano puramente deportivo— se les subieron los humos tanto a los protagonistas del evento, que después terminaron perdiéndolo todo.

La ‘Operación Jaque’, con sus obvias connotaciones deportivas, parece estar generando consecuencias parecidas. Victoria estupenda. La gente sale a la calle a pitar. Y después… Arrogancia sin límites de los ganadores. Se mandan al carajo a los mediadores internacionales (es que Chávez ya está neutralizado, y la gente que importaba ya está en casa: ¿quién se va a preocupar por un puñado de oscuros civiles, soldados y policías?). Declaraciones estridentes por parte de periodistas: el adversario está acabado, sólo queda un rescoldo de criminales. Se lanza para el 20 de julio una “gran”, “histórica”, manifestación, con campanas al vuelo (ya que el materialismo histórico está acabado, que viva el materialismo histérico). Mientras tanto, van saliendo los peros y las manchas.

El uso de insignias de la Cruz Roja Internacional para el rescate no es tema de poca monta, por dos razones. Primero, porque la prohibición terminante de hacerlo es la única garantía de que en el futuro los contendientes respeten las misiones humanitarias. Segundo, por el brutal desgaste de la palabra empeñada —no la palabra de este o aquel personaje, sino de la del Estado colombiano—. Son demasiadas las mentiras acumuladas en estos años.

El ardid con el que embaucaron al errático Correa, los falsos positivos, el sórdido episodio de Tasmania, son sólo algunos ejemplos de una larga lista de mentiras, puras y simples, lanzadas, en nuestro nombre, al mundo entero. Son los consejos del venezolano Rendón, ese oscuro experto en la desinformación, los que parecerían estar a la orden del día. Como fuere, la desvalorización de la palabra oficial es muy grave, interna e internacionalmente. Los costos de esto no los ven, ni quieren verlos, los colombianos, enamorados como están del Presidente: y como se sabe, el amor es ciego e irreflexivo (parece que también carece de sentido del olfato).

Esta euforia nuestra está detrás de la convocatoria a la “histórica” manifestación del 20 de julio. El apoyo a los secuestrados y los suyos, y el rechazo masivo a la brutalidad criminal de las Farc, no pueden ser sino una buena noticia. Pero la exclusión sistemática del foco de atención de las demás víctimas del conflicto por parte del Gobierno y los medios de comunicación es terrible. Es como si no existieran. Cuenten los minutos que les ha dedicado la televisión a los más de dos millones de desplazados, a los masacrados, etc., y después compárenlos con los que dedican a otras cosas (casi cualquier otra: secuestro, inundaciones, desfiles de modas, reinados de belleza).

La diferencia ha de ser apabullante. Son prácticas que podrían, que deberían, corregirse. Amartya Sen demostró que buena parte de la causa de las hambrunas masivas es simple falta de comunicación. Son eventos gigantescos que por razones complejas se amparan en el silencio; y esa es la condición para que ocurran. Creo que es lícito establecer una analogía con la violación a los derechos humanos: si pueden pasar desapercibidos, es más probable que se cometan. Si esto es cierto, piensen cuánto dolor podría ahorrarse el país si hubiera un mínimo de equilibrio informativo, si se tratara a todas las víctimas como ciudadanos de la república. Piensen cuánta responsabilidad tienen los medios. Piensen cuánto pagamos —todos— por las brutales prácticas de exclusión ahora vigentes.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín

Morir por partida triple, ¿o peor?

Opciones naranjas

¿Un problema vocacional?

Hambre de ojos

¿Extremismo naranja?