Por: Adolfo Meisel Roca

¡Ay Lola!

DISFRUTO MUCHO LAS COLUMNAS de la periodista y escritora barranquillera Lola Salcedo. Ha sido una caracterizada defensora de los más desprotegidos.

Tiene, además, un sentido del humor muy Caribe. Sin embargo, tengo que expresar mi total desacuerdo con una propuesta hecha en la última reunión de gobernadores de la Costa Caribe y a la cual Lola le ha hecho eco en su columna de semana.com.

Se trata de una infortunada propuesta para financiar “el desarrollo regional a través de un porcentaje de las remesas enviadas por los miles de costeños en el exterior (oficialmente 600.000, pero el doble al menos extraoficialmente)”. Esto se ha interpretado en algunos sectores como una nueva fuente de impuestos para la región. Hacía tiempo no escuchaba una propuesta económica más absurda que ésta, por las consecuencias sociales que tendría. Debo aclarar que Salcedo se ha limitado a registrar la idea, que por supuesto no es de ella. Además, como sé que es de las personas que no traga entero, aspiro a que mis argumentos la convenzan.

Las remesas de los colombianos que trabajan en el exterior son ya un ingreso superior al que generan el café o el carbón. Estos recursos los envían en pequeños giros mensuales cerca de 3 millones de colombianos que han tenido que emigrar, principalmente por falta de oportunidades de empleo.

Obtener fondos para el desarrollo de los departamentos de la Costa Caribe a través de un impuesto sobre los giros mensuales que les envían a sus familias los cerca de 600.000 costeños que se dice trabajan en el exterior, es equivalente a ponerle un impuesto al consumo de los pobres. Esto es injusto desde varias dimensiones. Una de ellas la de género. De acuerdo con un estudio del Cemla publicado en el 2007, el 75,5% de las personas que reciben remesas son mujeres. También las personas que envían esos giros son sobre todo mujeres, 53%.

Otro factor que llama la atención es que el 61% de los que mandan remesas no tienen educación superior. Son abrumadoramente bachilleres, un grupo que tiene dificultades para encontrar empleo bien remunerado en nuestro país.

El estudio del Cemla muestra que el 29,3% del valor de las remesas se invierte en comida, otro 23,3% en servicios públicos, 15,5% en vivienda y 5,8% en educación. Por esas razones, los investigadores que han estudiado el fenómeno de las remesas señalan que éstas ayudan a reducir la pobreza.

Ponerles un impuesto a las remesas sería como hacer una transferencia a la autoridad regional para que financie su burocracia y proponga, contrate y ejecute proyectos. La esperanza sería que los proyectos fueran de mayor impacto social que la decisión de girar que miles de trabajadores toman mensualmente por amor, y con gran conocimiento de las carencias individuales de varios millones de beneficiarios.

No creo que eso sea posible, aun si no hubiera corrupción, aun si no hubiera ineficiencia, aun si unos pocos tecnócratas supieran más que miles de mujeres que de Jackson Heights hasta Chicago, desde Houston hasta Palo Alto, barren, cocinan, hacen compras, lavan, de lunes a viernes, y una vez al mes van a poner un giro de 100, 150, 200 dólares, para que lo cobre pocos días después alguien que vive en Soledad, Magangué, Ciénaga de Oro o en Flores de María. Por eso, ¡ay Lola!, no todo lo que proponen las regiones, incluso la nuestra, es bueno para Colombia.

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