Por: María Antonieta Solórzano

¿Ayudan las personas dominantes?

Nuestra historia cultural tiene por hábito admirar a los que mandan, aun cuando crean un mundo a la medida de sus ambiciones. Cabe entonces preguntarnos si la personas dominantes, de cualquier género, religión o nación, en realidad le prestan un servicio a la humanidad.

En general, suponemos que alguien de talante dominante es un líder y que en consecuencia es necesario para que haya orden. Más aún, creemos que es natural que, en el mejor de los escenarios, la humanidad quede dividida entre los que mandan y los que obedecen y, en el peor, entre los que abusan y los que se ven obligados a la indignidad.

¡Curiosa manera de entender el orden natural de las relaciones humanas!

Es claro que para vivir en paz precisamos exactamente del orden contrario, necesitamos el cuidado que surge de la fuerza amorosa que habita en cada uno de nosotros, que respeta y que por ningún motivo se atreve a esperar que el otro, ya sea un hijo, una amiga, un cónyuge, un gobernado o una enemiga, se convierta en una subalterna, un súbdito o un subyugado y, menos aún, en un sumiso obediente.

Sucede que quien se imagina a sí mismo con el derecho a dominar, irrespeta, aunque crea que protege; quien imagina que obedecer es una virtud, niega la autonomía del otro; quien somete o “con-vence”, reduce las opciones de crecimiento y desarrollo de los demás.

Así, aunque la madre o el padre piense que cuidan de sus hijos cuando imponen su manera de ver las cosas, están educando para ser sometidos. Piensan que protegen cuando están incapacitando seres autónomos.

Cuando un maestro o un jefe consideran que al ser “autoridad” deben corregir los errores y para ello alzan la voz o usan un lenguaje despectivo, aunque sientan que están educando, están deformando.

El libro de la psicoanalista Alice Miller, Por tu propio bien, nos revela que los dominantes están dispuestos a probar que toda restricción en la libertad y en la autonomía del otro está justificada. Es “por su propio bien”. En este escenario, cualquier razón les sirve: “Porque soy mayor, tengo más dinero, tengo más fuerza o soy hombre o finalmente la más extraña de todas: porque te quiero”.

Los ojos del dominado distinguen bien al dominante del amoroso respetuoso e inspirador: no hay forma de sentirse valorado frente al dominante ni de que el “orden” que proviene de la dominación sea armonioso. Los dominantes son inútiles al desarrollo emocional o espiritual de la humanidad, los amorosos inspiradores aportan.

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