Por: Diana Castro Benetti

Ayuno

No hay que ser alto ejecutivo de una organización activista internacional para darse cuenta de que los excesos en el consumo afectan no sólo las finanzas personales y los niveles de grasa en el cuerpo sino que también impactan en los indicadores energéticos de un planeta que busca salidas para sus continuas catástrofes.

Tampoco hay que estar enfermo para cuidar la dieta o adoptar una postura anoréxica que desdibuje toda identidad postmoderna. Lo que sí resulta claro es que frenar por un momento la carrera desordenada en compras y comidas ayuda a mantener el alma revitalizada y la chequera equilibrada.

Dedicarle tiempo a un ayuno consciente no está de más. Por ocho horas y un día al mes, dejar de lado chocolates, platanitos, papas, bebidas, azúcares y carnes de todo tipo revitaliza el sistema digestivo y elimina las toxinas que se acumulan durante años en las paredes internas del cuerpo.

Pero más allá de resistir la tentación a esos pequeños antojos y delicias de un mundo exquisito y elaborado, el ayuno es una práctica de carácter espiritual. Es poner el cuerpo a funcionar en una tonalidad diferente para aguzar los sentidos y, así, darse cuenta también de toda la basura emocional y mental que solemos tragar entero. La quietud, combinada con la posibilidad de observar las reacciones del cuerpo, de cada emoción durante el periodo de ayuno, resalta el apego y la avidez por los aspectos más innecesarios e inútiles de un mundo que agota con sus ofrecimientos. La mente se niega a participar y para algunos resulta imposible terminar un buen ayuno.

Ayunar no es sólo desintoxicarse de ajíes, dulces, harinas y fritos. Es transitar por el difícil camino del medio, dejando lo que no es esencial fuera de lugar. Es aumentar la acción de observarse, de ser consciente, avivando el sentido interno, de atestiguar lo que somos y reconocer tristezas, rabias e ilusiones. Ayunar es darle oportunidad a la vida de relajarse, de soltarse, de fluir y, en especial, de dejar las exigencias propias y de otros. Ayunar es vaciarse de lo inútil y enfriar las idioteces de un destino pesado. Ayunar es la intención de reconciliarse con la humildad, la sencillez y lo poco. Ayunar es darle la bienvenida a otros colores y otros sonidos para abrir espacios que son infinitos por lo simples. Ayunar evidencia la injusticia de un mundo donde millones mueren de hambre. Es la ruta mágica para agradecer la abundancia con la que hemos sido beneficiados.

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