Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Azules

MUCHOS LECTORES RECORDARÁN o habrán oído mencionar a  Rojos, una famosa película sobre la cultura radical de principios del siglo 20.

Actuaban allí, si no me equivoco, Warren Beatty y Diane Keaton. En Colombia hay material para hacer otra semejante llamada Azules, ya no sobre una gran tragedia global pero al menos con un elenco igualmente colorido. Podrían participar Ciro Ramírez, un chico de mucho cartel, la veleidosa Noemí, y el comisario político de Uribe, Andrés Felipe Arias.

Debo comenzar recordando que el conservatismo es una asociación muy compleja y longeva, que por lo tanto se resiste a las generalizaciones fáciles. Cuenta con líderes interesantes, y goza de una sorprendente vitalidad (véanse sus cifras electorales en la pasada consulta interna). Como en Rojos, Azules se tendría que centrar más que en condenas o entusiasmos en la comprensión de los dilemas que enfrentan los personajes que animan la trama. Estos —los dilemas— son en efecto muy serios.

El primero es identitario. Presento uno de tantos ejemplos posibles: una de las declaraciones fundacionales del conservatismo colombiano es que no tiene por guía a un hombre; “eso es fundamental en su programa”. Es verdad que un partido de 150 años tiene el derecho de cambiar. Pero el anticaudillismo fue una de las principales ideas sobre las que se basó la autoidentificación del personal político y de la intelligentsia conservadores; quitarle este componente sería desnaturalizar al conservatismo colombiano, convertirlo en otra cosa. ¿Cómo se compatibiliza aquella tradición con el arrobado entusiasmo de Andrés Felipe por el gran líder, que constituye el alfa y el omega de su propio programa, y su infantil denuncia sobre la ligereza de Noemí (habló con otro, le sonrió al de más allá: coquetea)? ¿Puede el conservatismo darse el lujo de entrar en guerra con la tradición, con la suya propia en particular?

El segundo es más bien operacional. Para el Partido Conservador estos años han sido de vacas gordas. No sólo ha tenido participación en el gabinete y tajada en la burocracia; la mayoría de sus miembros se sienten genuinamente representados por las políticas del Presidente. La analogía con Rafael Núñez, otro tránsfuga del liberalismo, es fácil y se hace con frecuencia, pero no por ello carece de interés y poder evocatorio. La otra cara de la moneda es que una de las principales funciones de un partido político es nominar candidatos para cargos de elección popular. Un partido que renuncia a hacerlo se pone en grave riesgo. De hecho, ese fue el camino que transitaron los azules en Bogotá. Eventualmente desaparecieron. Algún directivo se propuso una suerte de reconquista azul de la capital; son cuentas alegres. Ya están afuera.

El conservatismo quiere mantener, o aumentar, su presencia en el Gobierno sin perder su perfil específico. ¿Es posible? Si la respuesta es positiva, la solución correcta será difícil de hallar. Si se vuelve díscolo, se expone a una estampida de sus amigos; si se alinea sin chistar se vuelve fácil de colonizar. El conservatismo es la fuerza mejor constituida de la coalición gubernamental. Es, a la vez, la más vulnerable.

 

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