Por: Valentina Coccia

Babel

El ocaso del 2019 fue sangriento. El asesinato de líderes ambientales y sociales y la ocupación de Bojayá pusieron en evidencia que las cosas deben transformarse pronto o sufriremos una tremenda regresión a los años de la violencia, años en los que Colombia no podía llamarse “patria” sino “trinchera”. La celebración de la Navidad acalló las voces o las distrajo y durante el período de vacaciones pocos aclamaron su indignación. Como es típico en Colombia, nada más importante que una fiesta o un vaso de ron, porque con mucho o con poco, es el brebaje que alegra corazones afligidos, es la fórmula que resucita el alma con el olvido, es la medicina que nos otorga la amnesia que a veces es necesaria para sobrevivir.

Mi mayor augurio para el 2020 es la pacificación de estas catástrofes con  la apertura del diálogo y del entendimiento. En el mito de la Torre de Babel, el Dios bíblico cumple uno de sus actos más crueles y voraces: hace de la lengua el principal factor de divergencia entre los hombres. Les quita el entendimiento mutuo y los priva de la posibilidad de conocer su reino. Este 2020 deberíamos emprender la búsqueda de ese lenguaje extraviado y reencontrar la forma de construir y trabajar con el otro.

Aunque las vías y canales de comunicación son muy variados, hablo desde la perspectiva artística, que es la que conozco y la que he cultivado desde mis más jóvenes años. Con el objetivo de ilustrar mi punto de vista, menciono el siguiente episodio. Durante la pasada feria artesanal de Bogotá, ocurrió lo que yo llamo una suerte de milagro, un salto de conciencia. En la plazoleta central, seguro para avivar el ambiente, los organizadores de la feria invitaron a dos grupos musicales: unos gaiteros de la costa atlántica y un grupo de música folklórica de Marruecos, el país invitado del 2019.

Aunque la audiencia hubiera esperado que los dos grupos tocaran por separado, ambas agrupaciones desplegaron una improvisación conjunta. Los tambores, tocados por unos y por otros, fueron el alma de la fiesta y repicaron respondiendo a ritmos armoniosos y a la vez animados; los chin-chines alternaron con las gaitas y no faltaron las danzas que cerraron con broche de oro ese derroche de alegría y esperanza.

La audiencia aplaudió con júbilo, no tanto por la maestría sino por la espontaneidad y, sobre todo, aplaudió por el milagro ocurrido: dos culturas totalmente opuestas, con raíces y cepas distintas, lograron entenderse para crear, para construir y para transmitir una alegría conjunta. La improvisación cerró con un abrazo fuerte entre los músicos, que fueron testigos del poder de la creación artística.

El episodio mencionado es la prueba fehaciente de que las artes son una poderosa puerta para el diálogo, no solo porque son una lengua universal, capaz de transmitir el mismo mensaje a todos los parajes de la tierra, sino también porque las artes son un vigoroso vínculo que une a las naciones más diversas en la creación. Si bien a través de las artes no se puede llegar a acuerdos políticos, su pedagogía y sus principios son aplicables a muchas áreas de la resolución de conflicto. Lo más importante es transmitir a todas las demás áreas el vínculo que generan y la posibilidad de crear acuerdos que nos permitan reconstruir la Torre de Babel. Un feliz y próspero 2020, queridos lectores.

@valentinacocci4

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