Por: Roberto Esguerra Gutiérrez

Bacterias, infecciones y fallo

Los seres humanos convivimos en nuestro entorno con millones de bacterias de todo tipo, en un equilibrio en el que los mecanismos de defensa logran que, en condiciones normales, esos bichos no nos invadan y den buena cuenta de nuestro organismo.

Como lo afirma el reconocido especialista en enfermedades infecciosas Guillermo Prada, nuestro organismo tiene más bacterias que células propias: la relación puede ser tan alta como 10 a 1 a favor de las bacterias, que en nuestra piel están presentes en la no despreciable cantidad de 5 a 10 millones por centímetro cuadrado y en el intestino llegan a ser mas de 100 trillones. Al saber esta realidad es fácil entender el papel fundamental que tiene el lavado frecuente de las manos como una medida de salud pública eficaz para controlar la propagación de muchas enfermedades producidas por bacterias.

Muchos son los mecanismos de defensa con que cuenta el cuerpo humano. Hacia el exterior la piel constituye la primera barrera de protección; hacia el interior, en el tubo digestivo, la mucosa que lo recubre internamente realiza una función equivalente a la de la piel. Las lágrimas protegen a los ojos y en cierta medida la saliva ejerce una función similar. Por la sangre circulan diferentes sustancias que se encargan de neutralizar a los invasores cuando han logrado penetrar hasta el sistema circulatorio si las células encargadas de repeler el ataque en los tejidos han sido sobrepasadas por las bacterias.

Las bacterias no sólo son nuestras enemigas. También realizan funciones importantes; por ejemplo, juegan un papel fundamental en la digestión, por lo que conviene ese equilibrio de convivencia pacífica que se ha logrado durante siglos de evolución.

Muchos factores alteran nuestros mecanismos de protección: las heridas que interrumpen la integridad de la piel o de las mucosas, todas las enfermedades que producen alteración en los mecanismos de defensa, o la alteración misma de la fábrica de defensas, como sucede en el sida o en algunos tratamientos para combatir el cáncer. También juegan un papel adverso el mal uso de los antibióticos que pueden alterar el equilibrio y permitir que proliferen bacterias que son más agresivas y peligrosas.

Siempre que estamos hospitalizados, uno o varios mecanismos de defensa están alterados porque hemos sido sometidos a una cirugía, tenemos alguna enfermedad o se nos han tenido que colocar sondas, catéteres o tubos que crean una vía más fácil para las bacterias, de manera que somos más susceptibles a adquirir infecciones. Esto explica, según el mismo Prada, que entre 5 y 10% de los pacientes hospitalizados puedan infectarse, y solamente una tercera parte de esos casos se puede evitar aplicando todas las medidas preventivas conocidas hasta hoy. Es decir, a pesar de todos los esfuerzos que hagamos, siempre habrá algunas personas que adquieren una infección durante su hospitalización.

Por eso ha causado preocupación un reciente fallo del Consejo de Estado relacionado con el expediente 30283, que trata de un niño atendido en la clínica Jorge Bejarano, desaparecida hace años y del también desaparecido Instituto de Seguros Sociales, que tuvo lugar a mediados de 1999. Más allá del análisis tardío de este caso, sorprende que en el fallo se afirme que esas infecciones “no pueden ser calificadas como casos fortuitos porque no son ajenas a la prestación del servicio público de salud” y que son “prevenibles y controlables”, afirmación que es opuesta al conocimiento científico.

Todo lo que hagamos para insistir en la importancia del lavado de manos frecuente, del peligro de la automedicación y el mal uso de los antibióticos, se sumará a los esfuerzos de los hospitales para tratar de disminuir un riesgo que existirá siempre.

 

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