Por: Christopher Hitchens

Bah, Janukáµ

Primero en la lista de lugares comunes idiotas está el antiguo adagio de que "es mejor encender un vela que maldecir la oscuridad". ¿Cómo comenzó esta fatua pieza de sabiduría popular su prolongada carrera entre las citas insustanciales?

Por supuesto, es preferible encender una vela que quejarse de la oscuridad. Para empezar, uno se quejaría de la oscuridad si careciera de una vela. Y después se habla de falsas antítesis. Pero en esta época del año, cualquier tontería sagrada está permitida. Así que  tenemos un celebración semioficial de Januká, completada con la menorah, para celebrar, no el encendido de una luz, sino la imposición de una oscuridad teocrática. (Januká es un festival de ocho días que conmemora la victoria de los Macabeos en el 165 antes de Cristo y la nueva consagración del Templo en Jerusalén).

La ortodoxia judía posee el notable atributo de nombrar y combatir la idea de “epicuro” —el intelectual renegado que prefiere Atenas a Jerusalén y las escuelas de filosofía a las austeras rutinas de la Tora—. Alrededor de un siglo y medio antes del aparente nacimiento del supuesto Jesús de Nazaret (otro evento que recibe un reconocimiento semioficial en esta época del año), el estilo griego o epicúreo había comenzado a ganar inmenso terreno entre los judíos de Siria y Palestina. El imperio seleucida, una herencia de Alejandro el Grande,  había alejado a muchas personas de los sacrificios, las circuncisiones, la creencia en una relación especial con Dios y otras reaccionarias manifestaciones de una fe antigua y cruel.

Cito al rabino Michael Lerner, un presunto vocero liberal del judaísmo, quien sin embargo sabe lo que odia: “Junto con la ciencia griega y la destreza militar llegó toda una cultura que celebraba la belleza tanto en el arte como en el cuerpo humano, presentaba al mundo el triunfo del pensamiento racional en las obras de Platón y Aristóteles, y se regocijaba en las complejidades de la vida presentadas en los teatros de Esquilo, Eurípides y Aristófanes”.

Pero basta de todo eso, dice Lerner. En su lugar, vamos a celebrar a los campesinos macabeos que querían destruir el helenismo y restaurar lo que él denomina la “antigua religión”. Su excusa para preferir la brutalidad fundamentalista al secularismo y la filosofía es que el helenismo fue “imperialista”. Pero el régimen que resultó de la revuelta macabea rápidamente se volvió corrupto, vicioso y dividido y alentó la anexión romana de Judea.

Si no hubiera sido por este evento, no menos imperial, nunca hubiésemos escuchado de Jesús de Nazaret o de su secta —un plagio del judaísmo fundamentalista— y el pueblo judío nunca habría sido acusado de ser deicida, “asesino de Cristo”. Entonces, celebrar Januká es celebrar no solamente el triunfo del atraso tribal judío sino el nacimiento accidental del hijo bastardo del judaísmo como encarnación de la cristiandad.

Sin los precedentes del judaísmo ortodoxo y del cristianismo romano, no habría tampoco Islam, que se basa y toma prestado de ellos. Cualquier judío que haga honor a la fiesta de Januká, porque da a su hijo una excusa para mezclar la perinola con el árbol de Navidad y el trineo (ninguno de estos absurdos símbolos tienen la menor cosa que ver con los dos milenios pasados de Palestina) está en problemas. Y esto no es sólo un desastre para los judíos. Cuando los fanáticos de Palestina ganaron aquella victoria, y cuando el judaísmo repudió a Atenas y eligió a Jerusalén, el desarrollo de toda la humanidad se retardó terriblemente.

Y, por supuesto, uno queda horrorizado frente a la patética escala del supuesto “milagro”. Como consecuencia de la exitosa revuelta de los macabeos contra el helenismo, se dice, un charco de aceite de oliva que debería haber durado solamente un día, se las arregló para arder durante ocho días. ¡Wow! Vaya prueba, no solamente de un Todopoderoso, sino de un Todopoderoso con un especial cariño por los fundamentalistas.

Epicuro y Demócrito habían descubierto de manera brillante que el mundo estaba hecho de átomos, pero ¿a quién le interesa un sencillo hecho como ese cuando hay un aceite milagroso que puede ser observado por campesinos crédulos?

Estamos a punto de padecer la anual guerra cultural de exhibición de cunas, pesebres, coníferos y otros símbolos en lugares públicos. La mayor parte de esta discusión es engañosa y de segunda mano y no tiene nada que ver con la “fe” como sus protagonistas la entienden. La quemazón de un leño o la exhibición de un árbol escandinavo no es  más que paganismo y la práctica de un solsticio de invierno; no otorga más reconocimiento a la religión cristiana del que yo le doy.

El feroz partidismo de los creyentes del arbusto y muérdago sagrados los condena a la ignorancia y a la simpleza de mente. Ellos habrían sido tan piadosos bajo el reinado de los druidas o de los vikingos, y exactamente tan apegados a sus bucólicos íconos. Todo el mundo sabe, además, que no hubo una estrella en Oriente, que Quirinius no era el gobernador de Siria en la época del rey Herodes, que no se condujo ningún censo mundial de impuestos en el reinado de Augusto, y que ningún “establo” es mencionado ni siquiera en algunos de los mutuamente contradictorios libros del Nuevo Testamento.

Así que, poner una estrella al tope de un árbol de pino o arreglar varios animales de granja alrededor de una cuna es  tan preciso e inventivo como esa tienda por departamentos japonesa que, dice la leyenda urbana, hizo lo mejor para emular el espíritu de Navidad al exhibir un Papá Noel rojo y de barba blanca clavado a un crucifijo.

Se trata de algo totalmente pueril y aunque fuera solamente por esa razón no debería recibir apoyo alguno o financiamiento público. La exhibición de la menorah en esta temporada, sin embargo, tiene un significado preciso y es una celebración explícita de la victoria original de la sangrienta mentalidad de la fe sobre el iluminismo y la razón. En la medida que es eso, constituye una negación directa de la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, y ya es hora de que los sectores seculares y los defensores de las libertades civiles encuentren el coraje para decirlo.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, su ironía y su agudeza intelectual.c. 2007 WPNI Slate.

 

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